¿Y si fuera a peor?

POR JUAN BERGA.-

Si; si ya lo sé: un buen titular no contiene un interrogante. Discúlpenme los buenos profesionales. No es que uno reivindique el símbolo, destinado a fenecer a golpe de guasap: es que si lo pongo en afirmativo me van a llamar facha sin leerme. Tras dos párrafos en los que les cuento mi vida, entenderán porque digo tal cosa.

A veces, uno no escribe. Y es por no mostrar su decepción. En estos tiempos en los que solo la izquierda «hooligan» se siente a gusto, las opiniones de los que somos de la izquierda simple, de la de siempre, se atribuyen a que estamos próximos a la derecha ultra, ultra.

En mi azarosa mocedad, radical que me veía mi señor padre, un votante sociata inteligente y trabajador, cuando en realidad yo era un derechoso – ya se sabe: transición es traición-, tuve la oportunidad de conocer a economistas cuya dignidad les hacía influyentes, desde José Antonio Biescas, Eloy Fernández o, incluso, por un poner, a Paul Sweezy o Ernest Lluch, y gente así.

Entre ellos, vino un día por Zaragoza, José Luis García Delgado. Este profesor nos contó una anécdota sobre Sánchez Ferlosio, autor de El Jarama. Al parecer, el escritor, cada vez que le preguntaban cómo estaba, contestaba: peor. Eso me pasa a mí, tengo la sensación de que esto puede ir a peor.p

Acaba de decir La Sexta, y miren que solo paso por ahí por casualidad, que eso de la segunda ola tiene los días contados: sí; ya viene la tercera, la de la temporada otoño – invierno.

Pues eso; entiendan mi silencio en algunos momentos. Entre los discursos del Gobierno, las bromas de Simón y el relato de La Moncloa, es que me pongo de los nervios.

Sostiene, por ejemplo, la ministra de Hacienda que Europa no nos deja bajar el IVA de las mascarillas. Otra verdad de las de a medias: existe, cierto, una norma, pero Francia, Portugal o Italia lo han reducido, ante el silencio de la Comisión, dispuesta a hacer la vista gorda con casi todo. Lo que ocurre es que España acaba de mandar un papelito diciendo que cobraremos todos los impuestos y más.

Afirma la otra Montero, la de Galapagar, que seamos sensibles a la cosa republicana, cosa que al parecer le preocupa más que la cosa de la pandemia, donde no tiene mucho que decir.

La ministra Calviño, y conste que soy de los que me cae bien, ha venido a presentar un programa de recuperación que me suena a las cosas de Solchaga, Boyer y González en los ochenta. Recordarán, quizá, que los sectores en declive serían sustituidos por gloriosas empresas innovadoras.

Para que me entiendan, desde Avilés a Reinosa, las calles se llenaron de bares. Allí donde había textil, en lugar de bares pusimos tiendas y comercio.

Lo que dice el plan este que llaman de resiliencia es que los sectores de antes no volverán. El 66% de la inversión se destinará a energía verde y a digitalización, cosa que a micropymes y autónomos les va fetén de la muerte, como pueden imaginar.

No quiere uno ser agorero, pero nos queda una década de mucha, pero mucha, resiliencia: los dos primeros años los pagará Europa, el resto nuestros impuestos y los de sus hijos e hijas.

Para entendernos, resulta algo sorprendente que, dado el achatamiento de la afamada V invertida de la señora Calviño, se proponga una subida de más de treinta mil millones de euros por vía de crecimiento económico. Ríos de leche y miel recorrerán nuestro país.

De esos milloncetes, siete mil serán impuestos el 2021, sean al pecado (azúcar) o a la cosa verde o a todo lo demás, digitales o transacciones financieras.Todos se desvanecerán como lágrimas en la lluvia: solo quedarán dos mil millones para el año siguiente, casi todos de la renta. O sea, que lo de los impuestos vuelve a ser un mundo oscuro.

Dicho sea sin ánimo de molestar a la izquierda de verdad verdadera: es probable que lo de la V invertida no funcione y que lo de los impuestos tampoco. Por eso me atrevo a preguntar: ¿Y si fuera a peor?

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