Si lo sé, no salgo

El Valor de la Experiencia

Si lo sé, no salgo

Por Juan Berga

Los señores y señoras de este país hacemos las cosas muy bien, como se sabe. No solo hemos salvado vidas, exactamente 450 mil – los muertos aún no los hemos contado – con nuestro glorioso comportamiento. sino que la desescalada va fetén, fetén.

Hay rebrotes que, por cierto, corresponden a las fases que antecedían a las posteriores, pero seguro que en la nueva normalidad va a ser de la leche de bien que va todo.

Iba yo a reflexionar sesudamente sobre el asunto, cuando recuerdo que hoy es viernes. Y los viernes, como usted sabe, que lleva con el cronista más tiempo que con su llavero, me tiene dicho Don Juan Ignacio Ocaña, el jefe de la Clicktertulia, que de cosas sesudas nada.

Incluso los CEO de la radio pagan prima por el asunto (no hay manera de que cuele, pero por insistir que no sea). Uno de ellos que, además, es Chef ha prometido distribuir gratuitamente, un carísimo espray de aceite de trufa, de ignoto país, como premio. Yo, ahí lo dejo.

Volviendo al asunto de nuestro fantástico comportamiento, habré de recordar que, a finales de los sesenta, los pocos hippies españoles que había, mientras cantaban «La respuesta está en el viento» o algo parecido, llamaban «zona» a los bares que rodeaban los campos universitarios donde conspiraban.

Con la democracia, se hicieron funcionarios y la «zona» pasó a ser el área noble donde se agolpaban los pubs más pijitos. Luego, se hicieron mayores y tuvieron hijos, les molestaba el ruido, protestaron al Ayuntamiento y determinaron que «zona» era el extrarradio donde se expulsó a los más ruidosos jóvenes.

Pero que no se diga que el ser humano no evoluciona. Ahora, sus nietos llaman «zona» a los lugares descampados, aparcamientos o parques, en donde se practica, alegremente y sin mascarilla, el botellón.

Alguno de ustedes podría creer que los nanos contagiarían a sus hippies abuelos y estos a ustedes. Más se equivocan, «simio no come simio», español no contagia a español, faltaría más.

Así pues, como ya ha advertido Simón, grande, que es muy grande, no hay caso de preocupación: la importación será importada, sin remedio. ¿Quienes serán los culpables, se preguntarán ustedes? Aquí está el cronista para informarles.

En primer lugar, naturalmente, los ingleses. Competimos con ardor por ver quien tiene más muertos, Pero, a ustedes no puede quedarles dudas: tan pérfidos como antieruropeos, guiados por un irresponsable y no por autoridades serías y cumplidoras como las nuestras, se aprestan a venir a sus residencias de jubilados de lujo, a tomar el sol, beber copitas baratas y cosas esas de ingleses. Sol, copitas y pelillos a la mar. Nosotros y nosotras, ciudadanos y ciudadanas solventes, nunca haríamos eso.

Bien, también hay que reconocerlo. Es temporada de recolección: de las patatas a las legumbres, de las verduras a los ajos, los últimos tomates… Los propietarios han llamado al Señor Smith y al Señor Abascal por si se pasaban a recoger algo, pero dicen que este año no les viene bien.

Así que, como todos los años, han llegado los temporeros. Ya saben que no hay rábano si no hay rumano, ni cebolla si no hay nigeriano. 

Los grandes empresarios agrarios, grandes héroes que nos han salvado en pandemia, no les dan cama y cobijo a muchos de ellos y ellas. O sea, importación de pandemia, no le den más vueltas. Ya tenemos otros culpables.

Siempre podremos encontrar algún chino despistado, algún brasileño quejica, algún norteamericano buscando cloro, si logra evadir los controles, que les diré yo. Naturalmente, no deben preocuparse por ningún ruso, están todos sanísimos de la muerte, donde va a parar.

Nueve millones de personas infectadas en todo el mundo, un millón solo en la última semana. Pero eso a ustedes no debería preocuparles: les pasa porque sus hijos e hijas no hacen botellón en ninguna zona de su barriada, que los extranjeros son raros, muy raros.

Igual ustedes creen que el cronista esta en modo ironía. No se equivoquen, el cronista está cabreado, muy cabreado, con esos lozanos muchachos y muchachas que nos agreden con su desprotección, con sus padres que lo permiten, con esos magníficos alcaldes que han decidido no poner multas, porque da mala imagen.

Es que, señoras y señores míos, si lo sé, no salgo de mi caverna. No es por amenazarles, nada más lejos de mi intención, pero como se lo diga a mi nieto y a mis nietas, se van ustedes a enterar.

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