Los ERE inician la transición andaluza

Artículo de Juan Berga

Así mueren 41 años de gobierno: con una estruendosa sentencia. Ignoro si, como ya hiciera en el pasado, el Supremo le enmendará la plana a la Audiencia andaluza. Basta saber que los hechos probados son demoledores

El juez ponente y su tribunal han sentenciado, por si alguien tenía duda, el inicio de la transición andaluza. Se acabó cualquier provisionalidad aparente del gobierno andaluz: los socialistas deberán pasar su calvario, una travesía incierta por el desierto de la pena. 

Cuatro décadas, preautonomía y autonomía incluidas, van por el sumidero de la historia. Ahora, vienen tiempos de recomposición, donde el tejido social, como los erizos de Shopenhauer, aullaran por los pinchazos, hasta que se acomoden democráticamente en culturas políticas renovadas. 

Con los grandes próceres socialistas condenados, la «carita colorá» de quienes hicieron gobiernos con Griñan, izquierdas de verdad verdadera incluidos, y la descripción de la opaca práctica de 680 millones, por ahora, tómese el PSOE con calma el tiempo político.

Era, Susana, la corrupción de las élites progres y no el rampante fascismo. Primero, vino el cansancio por el sospechoso modo de gobernar y, luego, toda suerte de populismos emergentes. Los ERE, y los síntomas de que todo daba igual, son los que piden más higiene que griterío en las plazas. Más reflexión que ira.

Sí; es verdad: cabe la duda constitucional de que un presidente prevarique – dadas las funciones que se le atribuyen-. Pero esa ya no es la cuestión. La cosa es que la fiscalía tenía razón: «un sistema opaco fuera de control» gestionaba los fondos de la Junta andaluza.

Toda la modernización, delegada por Madrid en élites que se autorreprodujeron durante décadas. Toda la paráfrasis sobre el derecho histórico a la sociedad asistida. Todas las generaciones educadas, autónomamente de la iglesia y los señoritos por primera vez en la historia, con denodado esfuerzo de los profesionales. Todo quedará sepultado bajo mil ochocientos folios terribles.

Lo moderno, ahora, será barrer bajo las alfombras, con beneplácito político y mediático. Y barrerá la derecha, tiene narices, la desasosegante herida, con más ira que asistencia, con más egoísmo que igualdad. Fue la venalidad la que barrió la historia, no se queje la izquierda andaluza.

Mírese quien deba, en la izquierda, unos segundos a los ojos: durante décadas disculpamos la anunciada venalidad; se miró a un lado en nombre de lo que parecía peor, en nombre de la Andalucía rescatada para el progreso. Tanto noble esfuerzo y tanto personal decente animaba a ignorar el interés clientelar, la podredumbre del método.

Mientras eso ocurría, el vínculo entre la gente y la cultura política del cambio se desvanecía. No era la complicidad ideal o social lo que sostenía el tejido de izquierda sino el gasto público sin control. Las mayorías absolutas eran, a veces, pura peonada de izquierda o asistencia clientelar. Luego, mayorías endebles de las que nadie era responsable, para acabar en alternancias durísimas para las que no hay respuesta política.

Harían bien los hombres y mujeres del socialismo andaluz en asumir ellos mismos su reinicio. Si lo hace Sánchez, que no tiende a dejar heridos en su camino, más que transición tendrán desierto. Eso sí, Susana, como mostró ayer Ávalos, no hay compasión en el socialismo español, vete haciendo la maletilla y prepara a tu partido para el desembarco de Ferraz.

La izquierda española y el socialismo realmente existente no se sienten concernidos. Estamos en otra: salvemos al soldado Sánchez, al fin y al cabo más débil es más útil, piensan en Galapagar (Podemos) o en el carrer Calàbria (ERC). Sánchez y el personal socialista ni siquiera han pedido disculpas, no va con él, impoluto servidor de la patria al que le sobra, si falta hiciere, partido.

No me apasiona esa liga para determinar si el PSOE se ha puesto segundo en la clasificación de la corrupción, tras los del «tres per cent». No le veo utilidad a decidir si deben quedar atrapados en sus palabras los de la moción a Rajoy: la simple corrección del cinismo no genera gobernación. No tiene sentido elucidar si la ausencia de enriquecimiento blanquea el dolo o si el Supremo corregirá la pena de los próceres.

El debate sobre quién es más sucio lo ganan, siempre, los populistas de cualquier signo. Las élites son chorizas, afirma el juez ponente y su tribunal, y a los demás solo nos queda esperar que, alguna vez, la regeneración sea democrática y no a golpe de juzgado ni de exabrupto. En Andalucía empieza la transición, que le sea leve a quién no tenía otro recurso que la política

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