La economía y las cosas del correr

Presupuestos aprobados, récord de Montoro anotado, y Europa a poner la pasta: es lo que hay. Nada notable ni de cambio de época. O sea: que a Pedro y a Pablo les sabe a poco. Tiembla Calviño.

En España, la danza entre Tsipras y Varoufakis es de otro tipo. No la bailan dos gallos, sino que los dos gallos, Pedro y Pablo, se enfrentan a Nadia y Úrsula, que entre ustedes y yo, es mucho enfrentarse. Yo estoy con las señoras, por si tienen alguna duda.

Sostienen en La Moncloa que, tras los presupuestos, que no los ha entendido nadie y lo ha embarrado Bildu, toca revitalizar la cuestión social para que…el PP vote con VOX. No se vayan a creer que a la factoría Redondo le importa el provenir de la humanidad.

Por otra parte, y visto que lo de hacer vídeos sobre la monarquía la gente no entiende que sea política, vaya por dios qué cosas, los de Iglesias han decidido que tienen que hacerle la cama al Gobierno, que Pedro sonríe y les deja. El populista, por si no habían caído, se llama Pedro.

La cosa es que la economía, para tirar cohetes no está. La cosa es que esto no se arregla con alguien como Illa saliendo a decir alguna tontuna. Noviembre, gran mes para el empleo, dijo la ministra de la cosa, ha sido el primer mes en el que han aumentado los ERTE y los autónomos subisidiados a la vez. O sea, que pinta fatal.

Los de la hostelería se movilizan, los del comercio se enfadan, los bancos tiemblan; ríe Amazon y le acompañan los demás de la tecnología. Pero nuestro Gobierno está en su sitio y se dispone a correr para cambiar de época, toque o no toque. Los sindicatos, los sindicatos…esto están…los sindicatos están, al parecer, en la negociación consigo mismos. La economía ya no es cosa del pensar, es la cosa del correr.

Cuatro días de trabajo, lo demandan los más protegidos

No es por molestar, pero los de izquierdas, la tradición es la tradición, cuando hay una crisis no pensamos en crear empleo sino en repartirlo. De eso va la semana de cuatro días.

Recuerdo que, en diciembre de 1988 (14 D, la huelga general), un directivo socialista nos hizo un favor a los que contribuíamos a organizarla. Dijo: «a quienes no trabajan, les encantaría un trabajo temporal». Fantástico argumento que nos ayudó a vaciar las calles.

O sea; podríamos decir, camaradas Pedro y Pablo, que a Wilma, que no trabaja, le encantaría trabajar cuatro días, por supuesto en un contratito parcial o temporal de esos.

Hay tres razones por las que no debería correrse con lo de la semana de cuatro días, sin contar con que la productividad sectorial o profesional no es la misma para todo el mundoy para todo empleo.

Me refiero a la precariedad laboral que aumentaría, si antes no se arregla, con lo de la reducción semanal. También, al tiempo parcial no voluntario y a la falta de autonomía del trabajadores y trabajadoras españolas para definir su jornada, de las menores de Europa.

Somos cinco millones en esta situación y los que demandan la cosa de la reducción de jornada semanal igual viene a ser la población más protegida (función pública en primer lugar) y no toda la productividad es la misma; no sé si me entendéis camaradas del sindicato. 

Sí; es verdad, a más jornada menor productividad, pero mirad a Francia: a menos jornada más precariedad. Igual no habría que correr, y sería mejor experimentar.

Los ERTE: una trampa

España ha gastado cuatro puntos de PIB en reducciones temporales de empleo, en oposición a subvenciones directas a las empresas. Dada la dimensión de las microempresas españolas igual, tras la primera fase de necesario blindaje, podríamos haber estudiado lo de las empresas turísticas, en sentido amplio, al menos parcialmente.

Es una opción de protección que puede ser certera durante un tiempo y que ha financiado la Unión Europea, ¡uff!, que asco la Unión. 

Pero nos hemos quedado atrapados: en noviembre, hasta un millón trescientos mil personas han quedado encerradas en el mecanismo, más que en octubre. Difícilmente podremos salir de ahí y parecemos condenados a repetir, un mes tras otro, si no queremos que las cifras de desempleo sean insostenibles.

Las pensiones: había una vez un pacto

Es que resulta que tenemos una pasta europea y, fíjense ustedes cómo son, los que ponen la pasta piden que arreglemos cosas. Entre otras la sostenibilidad de las pensiones. Para que se haga una idea, la factura anual de las pensiones se comerá casi toda la ayuda europea de tres años.

Nos habían dicho que con la cosa del Pacto de Toledo, la reducción de la jubilación prematura hacia la legal y el paso de los gastos impropios al presupuesto podríamos arreglar, al menos, lo de la presión contributiva.

Ahora ya se habla de ampliar la base de cálculo de la pensión. A ver: teniendo en cuenta que a las pensiones históricas no les afectará, a las nuevas carreras de pensiones, basadas en trabajos temporales, igual no les va mal contar toda la vida laboral. Pero tiene razón quien dice que eso no estaba en la cosa del pacto.

Salario mínimo: vale, un tercio de la población activa fuera

No es por molestar, pero con un tercio de la población activa fuera del mercado, vulnerables y autónomos especialmente, negocios cerrados y un sistema de ingresos mínimos – un día de estos funcionará, nos lo han prometido- lo de colgar costes a las empresas podría reflexionarse.

Teniendo en cuenta que ahora estamos en trece mil euros al año de salario mínimo, redondeando, y que la inflación no ha subido, se podría contener su subida.

En fin, parece que lo que manda la agenda de Redondo e Iglesias es correr, al fin y al cabo, mientras ellos gobiernen la fiesta la paga Europa. Y, además, los vulnerables, los que de verdad son vulnerables, no se benefician de tanto cambio epocal de la economía. Y otro día les cuento lo de la vivienda.

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