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Javier Castro-Villacañas

El Valor de la Experiencia

Las verdades que Unamuno le dijo a la cara a Franco: «Es inadmisible… Se cometen crímenes, venganzas, ejecuciones sumarias»

Un libro, nacido de la investigación del bibliotecario de la Universidad de Salamanca, explica cómo nació la leyenda del enfrentamiento entre el escritor y Millán Astray que Amenábar da por buena en su película. Revela también una entrevista inédita donde Unamuno le recrimina a Franco: «No se trata de conquistar; hay una diferencia entre conquistar y convertir»

Momento en el que el escritor sale del acto acompañado de Carmen Polo de Franco -entrando en el coche- y Millán Astray. FOTO RESTAURADA Y COLOREADA POR RAFAEL NAVARRETE / ORIGINAL: MINISTERIO DEL INTERIOR / SECCIÓN TÉCNICA

Miguel de Unamuno se reunió con el general Franco el día 4 de octubre de 1936 en el Palacio Episcopal de Salamanca. Allí tenía su sede el Cuartel General del Ejército Nacional que había sido cedido por Plà y Deniel, obispo de la ciudad, para tal fin a las tropas sublevadas. Apenas cuatro días antes, el 30 de septiembre, el Boletín Oficial de la Junta de Defensa de España había publicado el nombramiento de Francisco Franco como Generalísimo de los Ejércitos y Jefe del Gobierno del Estado.

Miguel de Unamuno fue a ver a Franco en su calidad de rector de la Universidad de Salamanca, cargo en el que había sido repuesto por los nacionales tras ser destituido el 22 de agosto de 1936 por el Gobierno del Frente Popular presidido por José Giral. De la existencia de esta entrevista ya se tenía noticia, pero lo que conocemos ahora, gracias a la investigación realizada por Severiano Delgado (bibliotecario de la universidad salmantina) son las palabras exactas que Unamuno le dijo a Franco, cara a cara, denunciándole los excesos y crímenes que se estaban cometiendo en las zonas controladas por el ejército del que él era responsable.

«La entrevista fue publicada en enero de 1937 en el número 52 de la revista: Esprit: revue International y hasta ahora era absolutamente desconocida» nos comenta Severiano Delgado. «Fue realizada el 5 de noviembre del 36 por un periodista que trabajaba para el grupo de prensa católica belga Ven l’Avenir, seguramente Maurice Tock, y acabó publicada sin firma en la revista Esprit porque Unamuno era un referente en el pensamiento cristiano y humanista de aquella época en Europa», nos aclara el autor del libro.

El texto son las notas del periodista, casi un borrador, tomadas directamente en el transcurso de su conversación con Unamuno. Por su lectura podemos conocer las palabras que éste le dijo a Franco en persona, durante su visita al Cuartel General el día 4 de octubre. Allí le denunció los excesos y crímenes que se estaban cometiendo en la zona sublevada y la necesidad de que Franco, como nuevo «generalísimo de los ejércitos», pusiera orden porque «una cosa es conquistar y otra convertir» (idea luego repetida en el acto del paraninfo del día 12). También insistió en su reflexión de que en España se estaba librando una guerra internacional.

«He lanzado un grito de alarma -dice Miguel de Unamuno-. He sido también el primero en proclamar que era necesario salvar la libertad de España.

He sido destituido de mis funciones por el gobierno de Madrid. El general Franco me restituyó en mi cargo de rector de la Universidad.

Pero ha pasado el tiempo. He visto otros excesos, esta vez en la extrema derecha, he visto otro peligro: los he denunciado al propio Franco.

Se cometen crímenes, venganzas, ejecuciones sumarias, no aquí en Salamanca, sino en Valladolid, por ejemplo, y en los pueblos apartados donde reina la fuerza y la arbitrariedad.

Esto es inadmisible. He sugerido a Franco que debía hacer reinar el orden en todas partes. No se trata de conquistar; hay una diferencia entre conquistar y convertir.

….

Estos excesos y estos peligros, se los he señalado a Franco. Yo no dudo en hablar. Hace ocho días he sido destituido de mis funciones de rector (se refiere a la fecha de publicación del decreto de cese como rector, 28 de octubre, por parte del claustro universitario), sin una palabra de explicación. Sin duda hablo demasiado. Pero seguiré hablando pase lo que pase. Se trata de la salvación y de la libertad de España».

De derecha a izquierda, Millán-Astray -parche en el ojo-, el cardenal Plá, Unamuno y Carmen Polo en pleno acto en el paraninfo de la Universidad de Salamanca.

El libro de Severiano Delgado lleva como subtítulo «El acto del 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca» y ahonda en cómo se construyó el mito propagandístico respecto al enfrentamiento que tuvo lugar ese día entre Miguel de Unamuno y el general Millán Astray, fundador de la Legión Española. A partir de sus anteriores investigaciones, Severiano Delgado traza con minuciosidad detectivesca el camino seguido desde que tuvo lugar el incidente hasta que Luis Portillo (padre de Michael Portillo, ex político británico y actual presentador de un programa en televisión sobre viajes en tren) publicara su texto literario en la revista inglesa «Horizon» en 1941.

Para explicar el contexto de todo lo anterior, la estructura del libro se sostiene sobre las 15 entrevistas concedidas por Unamuno a diferentes periodistas, entre el 6 de agosto y el 26 de diciembre de 1936. La de la revista Sprit es la que aparece en décimo lugar. A través de su lectura (se publican íntegras en su idioma original y traducidas al español) el lector tiene acceso a la realidad respecto a la transformación que se produce en el pensamiento de Unamuno, que pasa de apoyar expresamente al bando franquista a denunciar sus excesos, así como al desarrollo de la vida y los acontecimientos que tuvieron lugar en la Salamanca del 36.

«Hemos reducido la Guerra Civil en Salamanca, y la actuación de Unamuno, exclusivamente al incidente del paraninfo. Y pasan muchas cosas más, porque Unamuno no vivía en una torre de marfil. Él estuvo inmerso en multitud de acontecimientos políticos que tuvieron lugar en la ciudad. Unamuno, en un primer momento, apoya la sublevación de Franco porque considera que era necesario poner orden ante la anarquía creada por el Frente Popular. Y siguió confiando, casi hasta su muerte el 31 de diciembre de ese año, en que Franco era el único que podía poner fin a los desmanes de su propio bando. De ahí el interés de la entrevista hasta ahora desconocida» nos explica Delgado. «En Salamanca se asesinaron a centenares de personas, el alcalde republicano, catedráticos de universidad, el pastor protestante… eso también hay que contarlo para conocer el contexto en el cual se producen los hechos» añade el autor.

El libro muestra al lector una amplia recopilación de documentos así como el cuadro realista en el que vivió Unamuno durante la guerra civil. Por ejemplo se reproducen los ocho relatos existentes sobre el acto del 12 de octubre y el cruce de palabras entre Unamuno y Millán Astray. Un par de ellos -los de José Pérez-López y Felipe Ximénez de Sandoval- eran hasta ahora bastante desconocidos. Severiano Delgado fue el investigador que descubrió la creación del mito literario y propagandístico respecto a lo que realmente ocurrió en el paraninfo de la universidad.

Basándose en nuevos documentos, Delgado refuerza su tesis de que fue Luis Portillo, joven profesor de Salamanca que participó en la guerra en el bando republicano y posteriormente se exilió a Londres, quien creo el mito del brutal enfrentamiento dialéctico entre Unamuno y Millán Astray. Según su investigación la realidad de lo ocurrido nada tiene que ver con lo que ha llegado al imaginario popular: «Luis Portillo construyó su relato literario sin haber estado ahí. Unamuno no contestó a Millán Astray. Anunció, al principio del acto, que lo presidía en representación de Franco (su mujer estaba sentada a su lado). Unamuno tomó la palabra para contestar un discurso previo del catedrático de Literatura Francisco Maldonado que había identificado a Cataluña y el País Vasco con la «antiespaña». Eso era algo que Unamuno no podía soportar.

Para él hablar de lo «antiespañol» o la «antiespaña» era algo inadmisible que había combatido toda su vida. Él tenía un concepto universal de lo español enlazado con el idioma. Y utilizó el ejemplo de lo ocurrido con José Rizal (fusilado injustamente por los españoles y posterior héroe de la independencia de Filipinas). Fue la referencia a José Rizal lo que hizo saltar a Millán Astray que lanzó el grito «Mueran los intelectuales traidores» porque él había combatido en la guerra de Filipinas contra los autoproclamados seguidores de Rizal». Según lo recordado por Millán Astray él, después de pedir hablar, advirtió con unas breves palabras a los jóvenes soldados para que no fuesen embaucados «por intelectuales que hacían juegos malabares con las palabras».

Para Delgado, el discurso que Luis Portillo puso en la boca de Unamuno como respuesta a una supuesta intervención anterior de Millán Astray, es una invención literaria de arriba abajo. «Ni viva la muerte, ni gritos de rigor, ni venceréis pero no convenceréis, ni retratos de Franco… Nada de eso ocurrió. Unamuno tomó la palabra y de una manera muy didáctica intentó explicar el porqué vencer no era convencer y conquistar no podía ser convertir. Hace unos días se lo había explicado también a Franco. Denunció con claridad los excesos de la guerra a la que calificó como «incivil» y específicamente las barbaridades que se estaban cometiendo en la zona nacional y, especialmente, la actitud de las mujeres que acudían a los fusilamientos entre rezos y rosarios».

La fabricación de la leyenda que ha llegado hasta nuestros días, incluso reproducida en el cine a través de la película de Amenabar Mientras dure la guerra, queda perfectamente documentada con la reproducción por parte de Severiano Delgado de un sinfín de documentación. Entre ellos la primera página de dos documentos desconocidos: la nota de prensa de la Oficina de Propaganda del Gobierno de la República (probablemente redactada por Luis Portillo), y una copia mecanografiada de «Unamuno`s Last Lecture» (el artículo que Luis Portillo publicó en la revista Horizon en 1941 y que fue la fuente en la que bebió Hugh Thomas en su primera investigación sobre la Guerra Civil en 1961) sin firma ni fecha encontrada en la Universidad de Puerto Rico.

‘Arqueología de un Mito’ (Ed. Silex), de Severiano Delgado Cruz, ya a la venta.

Como prueba gráfica de que el incidente, al menos para sus protagonistas (Unamuno y Millán Astray), no pasó de ser más que un cruce de palabras duras entre ellos, está la reproducción de la fotografía que sirve de portada a la edición de este libro. Fue descubierta hace un año en la Biblioteca Nacional y formaba parte de la crónica del acto que el periódico «El adelanto de Salamanca» publicó el día siguiente, 13 de octubre de 1936. En ella se puede comprobar como a la salida del acto en la universidad, una vez que Carmen Polo de Franco ya se ha subido al coche oficial, Millán Astray y Miguel de Unamuno se despiden amablemente en presencia del obispo Plà y Deniel. La tensión parece no existir entre ellos, pero sí en todo lo que les rodea.

La muerte (junto al brasero) de Unamuno

Artículo publicado en el suplemento ‘Crónica’ del periódico El Mundo, el domingo 29 de septiembre de 2019

Eran más o menos las dos de la tarde del 12 de octubre de 1936, cuando el grito de Millán-Astray “¡Muera la inteligencia traidora!” puso punto final al acto que, por el aniversario de la conquista de América, celebró ese día la Universidad de Salamanca. Ochenta días después, el 31 de diciembre de 1936, en su casa, en torno a las cinco de la tarde, Miguel de Unamuno exclamó sus últimas palabras: “¡Dios no puede volver la espalda a España! ¡España se salvará porque tiene que salvarse!”

Esta es la crónica de los últimos días de Unamuno. Desde la soflama del legionario en el paraninfo hasta la última plegaria del rector junto a un brasero. Su tránsito de desesperación ante una sangrienta “guerra incivil” entre los hunos, los hotros (según su terminología). Y, por qué no decirlo, también los Hunamunos.

El acto del paraninfo fue organizado por la Comisión de Cultura de la Junta Técnica del Estado, organismo político creado por Franco. Su presidente, el escritor monárquico José María Pemán (uno de los cuatro oradores del programa) no previó la intervención de dos espontáneos de gran renombre: Miguel de Unamuno, filósofo, novelista, poeta, uno de los intelectuales de mayor prestigio en Europa y, además, anfitrión como rector perpetúo que era de la Universidad “en representación del general Franco” (según dijo al iniciar el acto); y el héroe militar cuatro veces desgarrado en combate (pecho, pierna, brazo y ojo), fundador de la Legión Española, el general José Millán-Astray.

“Unamuno, dé el brazo a la señora del jefe del Estado y acompáñela a la puerta a despedirla”, le sugirió el general al rector al comprobar el tumulto creado tras su arenga en un auditorio ya de por sí vociferante. Unamuno inició la salida de la comitiva del brazo de Carmen Polo, detrás se colocó el obispo de la ciudad, Enrique Plà y Deniel, y unos pasos atrás Millán Astray.

El cortejo salió de la Universidad por la puerta principal, entre una multitud de falangistas, legionarios, requetés, paisanos y militares que vitoreaban a las autoridades. Al llegar al coche, el rector besó la mano de doña Carmen y se despidió de ella. Según el testimonio de Felipe Ximénez de Sandoval, escritor falangista presente en aquel momento (aparece en la famosa foto de la despedida) Millán Astray se volvió hacia Unamuno y, como si nada hubiera sucedido, le dijo:

— Bueno, don Miguel, a ver cuándo nos vemos

— Cuando usted quiera, mi general – le respondió Unamuno.

Millán acompañó a Carmen Polo hasta el Cuartel General, situado en el palacio episcopal a escasos doscientos metros, y luego se dirigió al banquete organizado por el alcalde. Unamuno, por su parte, se fue a comer tranquilamente a su casa. Franco ese día estaba dirigiendo las operaciones militares en la zona de Hoyo de Pinares al sur de Ávila. El día 6 de octubre se había entrevistado con Unamuno y le tuvo que escuchar, cara a cara, sus denuncias respecto a los crímenes que se estaban cometiendo en la zona nacional.

Fue después de almorzar, cuando Unamuno fue consciente de la repercusión negativa que sus palabras de la mañana habían causado en la Salamanca militarizada. Como era su costumbre, se desplazó a tomar café al Casino en la calle Zamora. Allí algunos contertulios le criticaron. Él no se quedó callado y recibió insultos y abucheos. La situación fue tan tensa que tuvieron que avisar a su hijo Rafael para que fuera a recogerle.

Al día siguiente, “El Adelanto de Salamanca” recogió los discursos íntegros de los cuatro oradores del paraninfo, pero sólo hizo una breve alusión al rector: “El acto finalizó con unas breves palabras del señor Unamuno y otras del heroico general Millán-Astray combatiendo a los hombres que permanecen encubiertos”. En realidad, Unamuno había contestado una intervención anterior de Francisco Maldonado, catedrático de Literatura, donde había identificado a Cataluña y al País Vasco con la “antiespaña”. Unamuno respondió muy airado criticando ese concepto de lo “antiespañol”, defendiendo una idea universal de la patria unida al idioma. El viejo profesor (acababa de cumplir 72 años hace trece días) puso como ejemplo el error cometido por los españoles al fusilar a José Rizal (héroe de la independencia de Filipinas). Y es ahí cuando el general Millán-Astray, que con 17 años había combatido en Asia, lanzó su grito contra los intelectuales renegados.

Ese mismo día, el 13 de octubre del 36, el Ayuntamiento de Salamanca acordó la destitución como “alcalde y concejal honorario de la ciudad” de don Miguel de Unamuno por “incompatibilidad moral corporativa… exteriorizada en las frases vertidas, con descortesía rencorosa, alevosía y premeditación, al final del acto académico celebrado ayer en nuestra Alma Mater con motivo de la Fiesta de la Raza”.

Como señala Severiano Delgado, bibliotecario de la Universidad de Salamanca y autor del libro “Arqueología de un mito” de la editorial Silex “El asunto del paraninfo al final tuvo más gravedad de lo que podía imaginar el rector”. Los ánimos en Salamanca estaban tan caldeados contra Unamuno que hasta Francisco Bravo, antiguo jefe provincial de Falange Española, escribió ese mismo día una carta a Fernando de Unamuno (hijo de don Miguel y arquitecto municipal en Palencia) donde le avisaba de la situación de peligro que corría su padre en la ciudad: “Creo Fernando que debes irte a Salamanca y convencer a tu padre de que en tanto duren las circunstancias evite actuaciones públicas que alarmen o indignen a gentes que andamos metidas en la guerra”.

El efecto dominó de los arribistas del ¡Arriba España!, como los había denominado Unamuno, fue inmediato. El 14 de octubre, se reunió el claustro universitario y acordó su destitución como rector perpetúo de la Universidad de Salamanca.

Después de estos acontecimientos, Unamuno quedó recluido en su casa de la calle Bordadores. No estaba oficialmente detenido, pero sí permanentemente vigilado o, como decían los franquistas, protegido. Podía salir, pasear, recibir visitas… pero cada movimiento suyo quedaba controlado por sus guardianes. Sus hijos también eran partidarios de que su padre, por su seguridad, se quedara en casa. Como señala Severiano Delgado, “Unamuno estaba rabioso: no podía ir a su tertulia, que era lo que más le gustaba, ni publicar nada en prensa, ni dar conferencias”. Era un león enjaulado. Recluido en su “casa-cárcel” recibía pocas visitas. Le solían ir a ver algunos escritores falangistas, especialmente Eugenio Montes y Víctor de la Serna.

En su enclaustramiento forzoso, durante los dos meses y medio antes de su fallecimiento, Unamuno dio rienda suelta a su verdadera pasión: escribir. Compuso numerosas canciones y poemas, e inició un ensayo, “El resentimiento trágico de la vida”, sobre las causas que él entendía habían llevado al enfrentamiento entre hermanos. Pese a la censura y el control que existía sobre su correspondencia, también se carteó con numerosos amigos tanto de España como del extranjero.

Otra actividad que realizó con entusiasmo fue recibir y conceder entrevistas a periodistas, la mayoría de ellos extranjeros. Él era una figura de máximo prestigio internacional: en el año 1934 la Universidad de Grenoble le había nombrado Doctor Honoris Causa, al igual que en 1936 la Universidad de Oxford le concedió ese mismo honor. Unamuno estaba muy interesado de que su posición de apoyo a los militares sublevados se entendiera fuera de España. Severiano Delgado reproduce las quince entrevistas concedidas por Unamuno a diferentes periodistas, entre el 6 de agosto y el 26 de diciembre de 1936. Ocho de ellas se realizaron antes del incidente del paraninfo. Las siete restantes durante la etapa de reclusión en su domicilio.

El 21 de octubre le entrevistó el periodista griego Nikos Kazantazkis: “En este momento crítico que está atravesando España, yo sé que debería estar junto a los soldados. Son ellos los que nos salvarán los que impondrán el orden. Los otros nos han traído la anarquía y la barbarie. Franco y Mola son prudentes y tienen rectitud moral. Quieren el bien del país, son sencillos y equilibrados. Saben lo que significa la disciplina y saben imponerla. No haga caso no me he vuelto de derechas, no traicioné la libertad. Pero, por ahora, es absolutamente necesario imponer el orden… No soy ni fascista, ni bolchevique. Estoy solo”.

Unamuno dejó de ir a la universidad desde el día en que el claustro votó a favor de su cese. EL 28 de octubre el BOE publicó el decreto de su destitución. Ese día escribió una canción: “Horas de espera, vacías;/ se van pasando los días/ sin valor,/ y va cuajando en mi pecho/ frío, cerrado y deshecho,/ el terror.”

El 5 de noviembre le entrevistan para una revista católica francesa: “Esprit”. Ahí cuenta la entrevista que tuvo con Franco el día 6: “He sugerido a Franco que debe hacer reinar el orden en todas partes. No se trata de conquistar; hay una diferencia entre conquistar y convertir”. El 16 de noviembre tuvo lugar el primer bombardeo sobre la ciudad de Salamanca. Unamuno temió por la vida de su amigo Filiberto Villalobos que se encontraba preso, y así lo escribió en sus notas. El 21 de noviembre escribió sendas cartas a sus amigos italianos María Garelli y Lorenzo Giusso. En ellas ya se muestra muy crítico con la España nacional: “No se dejen ustedes, los italianos, engañar. Esta reacción inquisitorial española contra la tradición, la gloriosa tradición liberal española del siglo XIX, el siglo más glorioso de España, no es cristiana, ni es nacional…Y no olviden que la palabra liberalismo nació en España”.

A principios de diciembre recibe al periodista francés Jérôme Tharaud y le hace llegar un Manifiesto. Entre otras cosas afirma lo siguiente: “Insisto en que el sagrado deber del movimiento que gloriosamente encabeza Franco es salvar la civilización occidental cristiana y la independencia nacional”.

El 21 de diciembre, en una tarde muy fría, el falangista Eugenio Montes acompañó a Unamuno por el camino del cementerio. Unamuno entró en el taller del marmolista que había esculpido la lápida de su difunta esposa, doña Concha, y le encargó otra similar para él con el siguiente epitafio: “Méteme, Padre Eterno, en tu pecho/ misterioso hogar,/ dormiré allí, pues vengo deshecho/ del duro bregar”.

El día 23 concede una de sus últimas entrevistas al periodista portugués Armando Boaventura: “su conversación fue una diatriba contra todo y contra todos y una anatema violento contra el propio Dios”. Llegamos al momento de su muerte. Fue el jueves 31 de diciembre, la nieve había helado las calles de Salamanca. En torno a las cinco de la tarde, Unamuno se encontraba conversando con un discípulo suyo, el profesor Bartolomé Aragón, sentados en una mesa camilla, calentados por un brasero. “Amigo Aragón, le agradezco que no venga usted con la camisa azul, como hizo el último día, aunque veo que trae el yugo y las flechas…” Según relató Aragón, Unamuno empezó a arremeter contra los hunos (los rojos) y los hotros (los blancos), en su terminología. En un momentáneo desfallecimiento, Aragón se atrevió a decir: “A veces pienso si no habrá vuelto Dios la espalda a España disponiendo de sus mejores hijos” y don Miguel se repuso y dio un fuerte puñetazo en la mesa: “Eso no puede ser Aragón. ¡Dios no puede volver la espalda a España! ¡España se salvará porque tiene que salvarse!”. Y quedó inmóvil, como dormido, inclinada la barbilla sobre el pecho. Cuando Aragón olió la chamusquina de las zapatillas de Unamuno, comprendió que estaba muerto y corrió a dar la voz de alarma, pálido y desencajado.