Gana Biden, pero ¿gana España?

Dice mi admirado compañero y además amigo Juan Berga que en las elecciones presidenciales de Estados Unidos para ser realmente serias deberíamos votar también las colonias por lo mucho que nos afecta en el ámbito de la política y las relaciones internacionales y, especialmente, en la economía. Y, si eso sucediera, no cabe duda que, a pesar esa falta de empatía del aspirante demócrata, en España y en Europa el voto mayoritario sería para Biden, porque para nuestros intereses económicos sería bueno para Europa y bueno para España. Y aparentemente es así, ma non troppo.

Joe Biden, sin el tinte populista de Trump, ha asumido parte de ese mensaje de «Americam Firts» (América primero),y aunque en Europa sería considerado un centrista de libro, que comparte con las derechas europeas la concordancia por el liberalismo comercial el principal reto de su presidencia, si como parce finalmente la consigue, será conciliar los intereses de dos de sus principales apoyos, los sindicalistas y el ala más progresista del Partido Demócrata y los sindicatos estadounidenses son proteccionistas en muchos sectores, además de compartir con Trump la política de dureza comercial con China.

Por otra parte, no se puede olvidar que, aunque no repita mandato Trump ha vuelto a ganar a unas encuestas que le daban como claro perdedor en unos comicios que por encima de la elección presidencial se había presentado como un plebiscito sobre su gestión y que ha confirmado la profunda división de la sociedad norteamericana, lo que obligará también a Biden a tener que contemporizar con un partido republicano que sigue dominando en el Senado. Consciente, asimismo, de que su figura no despierta pasiones y una gran mayoría de los sufragios recibidos han sido votos contra Trump y no a favor de su persona y su programa.

Es decir que, aunque es muy probable un cambio en las formas no parece inminente una metamorfosis en los modos. Y eso abre una puerta a la esperanza, sino a una mayor apertura comercial si al menos a que se reconsideren o suavicen las sanciones a las exportaciones agroalimentarias españolas derivadas de la guerra comercial entre Boeing y Airbus.

Estados Unidos es, con datos del cierre del año pasado, el sexto cliente mundial de España y el primero de fuera de la Unión Europea, con unas exportaciones españolas por valor de 13.740 millones de dólares frente a unas importaciones por 15.534 millones que sitúan a este país como nuestro quinto proveedor. Semimanufacturas, bienes de equipo, productos energéticos, alimentación y bebidas, materias primas y automóvil lideran el ránking de nuestra ventas en ese mercado. También en ese mismo año entraron en nuestro país 3,3 millones de turistas norteamericanos, el 3,9 por ciento del total de los llegados y el primer mercado emisor extracomunitario.

Y si miramos el capítulo de inversiones, a principios de este año 2020 la inversión española acumulada en EE UU se elevaba a 86.796 millones de dólares, cifra que coloca a España como el décimo inversor mundial en el gigante americano, siendo los sectores con más presencia de capital español el financiero (allí están nuestras principales entidades financieras), además de la energía tanto tradicional como renovables, comercio, consultoría y actividades inmobiliarias. En sentido contrario Estados Unidos es el primer inversor extranjero en España con 40.793 millones de dólares, siendo destacable su presencia en los sectores inmobiliario, fabricación de automóviles, seguros y energía.

Esto es lo que está en juego y con ello muchos puestos de trabajo, fuera sí, pero sobre todo aquí, donde tenemos casi 4 millones de parados y otros 750.000 trabajadores en los ERTE, lo que debería obligar al gobierno de Sánchez e Iglesias a priorizar la consolidación de nuestras relaciones económicas y comerciales con la primera potencia del mundo. Conscientes, eso sí, de que Biden si finalmente gana, no es una panacea para Europa y para España, seguramente sólo un mal menor.

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