Felipe, el clandestino

El Valor de la Experiencia

Felipe, el clandestino

Por Juan Berga

No se les puede dejar solos. Se va uno de viaje y la lían. Abren la fábrica de indultos y se preparan para tomar Madrid y, así, de golpe, pasan al jefe del Estado a la clandestinidad.

Ya no «vengo de Catalunya de servir al rey»; mi coronel Sánchez, que está en todo, no quiere enfadar a nadie y menos en vísperas de presupuestos: ha dejado en casa al jefe del Estado y cualquiera que no quepa en un mesa.

La Moncloa no ha aceptado el viaje de Felipe VI a Cataluña, por no molestar a la dirigencia catalana. Parece que un paseo del jefe del Estado perturbaba la convivencia en vísperas de esperado cabreo de inhabilitación. Sostiene algún ministro que, también, debe abstenerse de llamar por teléfono: vamos, Felipe, no te quejes que, de momento, no te quitan el guasap.

Cosa decidida, por supuesto, de forma legítima que ya supone que nuestra monarquía es bastante suavecita, en comparación con cualquier presidente de república que ustedes conozcan.

Antes de que me llamen fascista, que ahora se lleva mucho lo de disparar primero y preguntar después, recordaré, como ya les he escrito aquí, que uno es republicano. Eso sí, antes de excitarme con la idea de pasar a la clandestinidad al jefe del Estado, reconoceré que me he leído la Constitución.

Quiere uno decir que se puede ser republicano, soñar con acabar con el capitalismo feneciente o ser independentista, faltaría más. Lo que no se puede es ignorar que en democracia la forma es parte del contenido.

O sea, que si uno quiere una República conviene cambiar la Constitución, según los procedimientos vigentes. Las normas están para ser cumpliditas, se lo hemos dicho al fugado, a Torra y al resto del personal, pues nos lo tendremos que aplicar.

O sea, que le puede gustar o no al Gobierno y sus ministros, pero España tiene un jefe de Estado.

Pasarlo a la clandestinidad no convierte a nadie en jefe del Estado sustituto, por si alguno sueña con ello. Hay republicanos excitados y republicanos asustados.

Los primeros sueñan con un Rey saliendo en tren hacia Valencia y un gobierno provisional. Los segundos queremos votar el asunto en referéndum constitucional.

Un pequeño aviso a excitados y excitadas: tal como van las cosas, la república no será la segunda, sino la primera, la cantonalista, la confederación de los pueblos en la que sueña el populismo realmente existente.

Hace décadas que renuncié a entender al PSOE y su dirección. Ahora bien, no les pega nada el liíto institucional en el que nos están metiendo.

Conocíamos, faltaría más, los costes económicos de apañar un presupuesto. El clientelismo es cosa inherente a la pluralidad y la ristra de peticiones es larga, desde Teruel a Vitoria, desde Valencia a Barcelona, las deudas pendientes con Cantabria y cosas parecidas. Pela, lo que se dice pela, no hay, pero ya pagará la fiesta la Unión Europea, la deuda o nadie.

Lo que no esperábamos es el follón institucional que el PSOE está muñendo, a golpe de medidas no explicadas o silencios ante declaraciones sorprendentes de ministros.

Son declaraciones algo impropias. Se ha acusado al jefe del Estado de un delito de lesa Constitución, cosa que debería concluir en denuncia a Felipe, según el trámite que corresponda, o en guardar silencio. Como hoy le ha dicho el Supremo a Torra, la cosa de la libertad de expresión no vale en un responsable político.

Si hay socialistas o personal de izquierda que creen que la fiesta acabará bien es que no están prestando atención.

En primer lugar, la presión institucional se acaba convirtiendo en una presión sobre la verdad, en la medida que mueve la desconfianza. En segundo, porque el conflicto binario conduce a la polarización y creedme, compañeros y compañeras de viejas banderas rotas, la polarización se paga.

Pero nada, aquí estamos, con el jefe del estado reunido en células clandestinas, menos mal que el Señor tiene guasp y no tiene que esperar a oír Radio Pirenaica por la noche.

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