Enrique Arias Vega

El Valor de la Experiencia

Por qué nos desmadramos en el confinamiento

No sólo han sido los comportamientos dignos de multa y/o detención. En cuanto se permite algo de relajamiento de las medidas anti virus tendemos a comportarnos digamos que con normalidad.

Tampoco, así lo creo, hay tanta gente insolidaria, malvada o imbécil para ponerse a sí misma en riesgo y hacerlo con los demás. ¿Por qué, pues, esa abundancia de actitudes incívicas o, al menos, irresponsables?

Pues porque mucha gente ha tomado la pandemia como un acto más lúdico que trágico, más novedoso que funesto. Eso, supongo, porque no hemos llegado a ver el carácter siniestro de la epidemia. Ni nosotros ni las cámaras de televisión hemos estado en las UCI mientras se trataba de reanimar inútilmente a un moribundo; ni nosotros ni las cámaras de televisión hemos estado en una residencia de tercera edad mientras se apilaban los cadáveres, ni hemos asistido a entierros clandestinos, ni compartido el dolor de los deudos de las víctimas.

Lo más abundante en las redes sociales, desde el confinamiento hacia aquí, han sido memes ironizando con la situación, gags con reacciones estrafalarias, chistes clásicos readaptados a la nueva realidad y hasta una comedia televisiva en la que el COVID 19 era el protagonista humorístico de una comunidad de vecinos.

Así, claro, a mucha gente le cuesta tomar en serio la desolación causada por el coronavirus. ¿A que no sucede lo mismo con los bombardeos en Siria, el naufragio de pateras en el Mediterráneo y hasta la erupción de un volcán en Haití?

Mientras estas escenas son repetidas ad nauseam por los medios de comunicación y producen nuestro pavor, el tratamiento entre algodones y hasta chirigotas de la pandemia la ha dejado reducida a meras estadísticas de contagiados y finados, de infectados y recuperados, casi como el tanteo de un partido que se juega en un terreno que no es el nuestro.

Por eso, insisto, no es que mucha gente sea imbécil o malvada, sino que la infantilizamos con el corolario de que las reglas sanitarias son un demasié y que saltárselas hasta supone un legítimo divertimento.


Viviendo entre neologismos

Estamos en el inicio de una terrible debacle económica y en vez de eso se habla ya de una hipotética recuperación “en forma de V asimétrica”, para no reconocer la imposibilidad de salir del agujero con la misma vertiginosidad con la que entramos.

Ese falso optimismo es el mismo que llevamos a cuestas durante un mes que el que afirmamos haber alcanzado “el pico” o que “doblegamos la curva” con “cifras esperanzadoras”, mientras nuestros compatriotas se infectaban a mansalva, no se les hacían los “test que se van a generalizar en unas semanas” y morían a decenas de miles.

Está visto que cuando no puedes con la realidad lo más fácil es transformarla mediante el lenguaje. Así, al comienzo de la pandemia sólo se trataba “de unos pocos casos aislados” y cuando la realidad es que somos el país con más víctimas per cápita del mundo se trata de hablar de las cifras de Estados Unidos, un país con una población ocho veces superior a la nuestra.

En este uso de neologismos deportivos, como si la epidemia fuese una competición atlética, toca ahora hablar de “desescalada”, para hacerlo más cómodo y más entretenido, como si los muertos que se repiten día a día lo fueran por accidentes inevitables al bajar de una montaña.

Eso se debe a que estamos en una “vuelta a la nueva normalidad”, expresión que en sí es un doble oxímoron, ya que si es “nueva” no podemos estar de “vuelta” y si es “normalidad” no puede ser “nueva”. Pero el galimatías cumple su objetivo de no reconocer la excepcionalidad de la depresión económica, por un lado, el necesario rescate de la troika, por otro, la reducción de salarios, que se llamará “ajustes a la nueva realidad” y el aumento de impuestos, que se denominará “nuevas aportaciones para una mejor recuperación económica”, con tal de no llamar a las cosas por su nombre.

Estamos pues metidos en la mierda de hoz y coz, con la ventaja de que ya no se llamará así, en esta época de neologismos, sino sólo “situación transitoriamente temporal”. Al tiempo.


Los réditos políticos de la pandemia

Como decía el humorista francés Wolinski, “todo es política en la vida”. Así, pues, la gestión de la pandemia del covid19 tendrá sus consecuencias electorales el día en que toque. Y, eso, al margen de lo bien o lo mal que se haya gestionado la lucha contra el coronavirus.

El ejemplo clásico de cómo la victoria a todo trance contra el enemigo puede costarte el puesto lo tenemos en Winston Churchill, ganador de la guerra contra el III Reich y perdedor luego de los comicios inmediatamente posteriores. El ejemplo contrario, a poco que las cosas rueden como parecen ir, podría ser el de Pedro Sánchez, presidente del Gobierno más imprevisor y con el saldo más alto de muertos en proporción al número de habitantes.

Cabría pensar que todo es cuestión de propaganda. Churchill sólo supo prometer “sangre, sudor y lágrimas”, programa poco atractivo aunque fuese a cambio de la salvación colectiva del país. Hitler, en cambio, consiguió que hasta el último alemán derramase su sangre porque les prometió hasta el final un futuro de gloria nacional y personal sin límites.

En eso, en la propaganda, se ha basado Sánchez —e Iglesias, no olvidemos a nuestro Lenin de bolsillo— para ir convirtiendo sus sucesivas derrotas contra la pandemia en una victoria personal de padre amantísimo prometiendo lo que no tiene (dineros) y anunciando lo que no puede (test, mascarillas,…) como si con ello nos hiciese un favor particular en pro de una falsa igualdad.

Todo ello, claro, no es posible sin un eficaz aparato de propaganda, propiciado por la excepcionalidad de las leyes de alarma, y la distorsión de esas leyes hasta impedir de hecho la disidencia. Si existiese alguna duda del éxito de esas políticas, correlativo al fracaso de la lucha contra la pandemia, lo tenemos en las sucesivas encuestas —no sólo la de Tezanos— que pronostican un nuevo éxito electoral al inquilino de la Moncloa.

Así, pues, la pandemia de ahora, tendrá su corolario político mañana o pasado, con unas condiciones y en unas circunstancias, que no serán ya las de la democracia liberal con la que nos acostamos el día en que el virus tuvo la mala ocurrencia de atacar a nuestra sociedad, y eso que ya había dado avisos de que lo iba a hacer.


Menos mal que mandan ellos

¿Se imaginan que pasaría si la derecha gobernase aquí en plena epidemia del coronavirus? ¿Y si lo hiciese con las contradicciones, vacilaciones, meteduras de pata y demás desmanes del Ejecutivo de Sánchez-Iglesias?

Es verdad que se trata de una pandemia global y que el Gobierno de España no tiene por qué ser más listo —más bien lo contrario— que todos los demás. Aun así, la vocinglería agresiva hacia su política sanitaria y de la otra habría introducido un gravísimo añadido de inestabilidad social en nuestra ya desgraciada vida colectiva. No hace falta acudir aquí a anteriores precedentes de exageración y desestabilización política —elecciones incluidas— para corroborarlo.

Afortunadamente, digo, la oposición está en manos de una derecha sensata —y hasta timorata— que permite que le tomen el pelo y que le mientan —lo de los tests de detección rápida es de traca—, mientras que la filtración de preguntas al Gobierno a través del secretario de Estado para Comunicación atenta lisa y llanamente a la libertad de expresión.

En ese contexto de inmunidad gubernamental, habrá que esperar al final de la pandemia para exigir responsabilidades. Mientras tanto, por fortuna, insisto, el comportamiento cívico de la población española evita echar más leña al fuego, al contrario de lo que suele hacer una izquierda que aprovecha siempre cualquier oportunidad para desestabilizar las instituciones.

Incluso estando en el poder, y olvidado ante la realidad democrática de la pandemia el lenguaje inclusivo, no puede evitar en mitad de la crisis patochadas sectarias como hacer caceroladas contra la monarquía —¿qué tiene ésta que ver con el virus Covi19? — o proponer un estudio sobre la pandemia “desde el punto de vista de la política de género”.


El coronavirus y Pablo Iglesias

Inopinadamente, el pasado jueves Pablo Iglesias se puso al frente del comando anti pandemia en una inesperada comparecencia televisiva. Ni cuarentena por el contagio de su mujer, Irene Montero, ni otras consideraciones sanitarias o políticas vinieron al caso. Simplemente, el líder podemita vio en el coronavirus una cabalgadura en la que afianzar su creciente poder. No otra cosa significó su prolijo mitin dado ante un cariacontecido Salvador Illa.

Justificó en él próximas expropiaciones, confiscaciones y otros desmanes fiscales y laborales al grito de ¡se acabó el austericidio! y con la consigna de ¡gastar, gastar y gastar!

No es que Pablo Iglesias sea simplemente un émulo de Lenin, sino que es más leninista que el propio revolucionario ruso, a quien imita hasta en tener su particular Kerensky a quien utiliza para acaparar el poder y que en su caso sería un Pedro Sánchez superado por la pandemia.

Por si hubiere alguna duda, anunció que de su vicepresidencia dependerían las fuerzas de seguridad del Estado en su lucha “social” contra la pandemia; acción que se suma a su injerencia en los asuntos del CNI aceptada hace pocos días por su socio y presidente del Gobierno.

Qué mejor argumento para su afianzamiento en el poder que el desastre sanitario y sobre todo económico que se avecina. Bajo el paraguas del “escudo social” de los más vulnerables, con una economía endeudada, deficitaria y camino de la bancarrota y con un paro creciente producido por la propia normativa anticrisis y unas empresas intervenidas, Pablo Iglesias tendría así el escenario ideal para una sociedad bolivariana, objetivo máximo de todos sus desvelos políticos.


¿Qué es apología del franquismo?

He escrito tantas veces sobre mi activismo contra el régimen de Franco, que ya no tiene gracia. Aun así, sigo temiendo qué me puede deparar la próxima ley contra la apología del franquismo. ¿Será delito decir que era General?, que sí lo fue, o ¿que mandó construir pantanos?, que sí lo hizo.

Es lo malo de las leyes que son más totalitarias que aquello que pretenden combatir y, además, hechas ad hominem, para mayor inri.

Según ella, todos tendríamos que decir que el franquismo nos condujo a un páramo cultural, al estar todos los intelectuales en el exilio y no quedar en el país más que los malos y los tontos. Y no es verdad.

Ya las décadas de los 40 y 50 contaron con vibrantes debates y la estancia en el país de Ortega y GassetMarañón, los BarojaAzorínGabriel MiróBlas de OteroBueroCelaya y varias docenas más de escritores que publicaron, conferenciaron y polemizaron dentro de España. Actividad que en los 60 y 70 se enriqueció con la generación de hijos de la guerra, casi todos ellos opuestos al franquismo.

En lo personal, y tardíamente, a causa de mi edad, pude entrevistar para los medios, entre otros, a Dalí, a los premios Nobel AleixandreCela y Severo Ochoa, a Hugh Thomas, autor del más famoso y largamente prohibido libro sobre la guerra civil,… y pude publicar asimismo artículos de Vázquez MontalbánGoytisoloSemprúnHaro TecglenMarsé y no sé cuántos más.

Pues bien, me temo que si cuento todo esto, así como que en determinada época los oponentes al Régimen hallaban menos dificultades para su trabajo que los contrarios a lo políticamente correcto hoy día, me vayan a empapelar.

Por eso, creo que todo es relativo y que los mandarines culturales de ahora deberían hacérselo mirar.


Después del coronavirus

No hace falta esperar al final de la epidemia del coronavirus para saber que a partir de entonces nuestra vida va a ser muy diferente de la de hasta ahora.

En primer lugar, por nuestra sensación de vulnerabilidad, tras una época de continuos avances tecnológicos y económicos que nos hacían creernos merecedores de todos los derechos, por muy remotos o caros que éstos fueren. En segundo lugar por el hecho objetivo de que nuestra economía descenderá varios dígitos, con una deuda global bestial, pobreza extendida, impuestos galopantes, ruptura de la cadena de producción tradicional, etcétera, etcétera.

Todo esto, digo, en cualquier caso, sin necesidad de esperar a que haya por ello —suceso probable— movimientos sociales, protestas ciudadanas, ascensión de posturas políticas extremistas, etcétera, etcétera.

O sea, que vamos a vivir peor, que no sabemos por cuánto tiempo y que tampoco estábamos preparados para ello.

Lo siento, pero no soy del todo exacto. Hay una generación muy reducida, la de la posguerra —española o mundial, tanto da— que vivió en sus carnes una situación parecida cuando terminaron sus respectivos conflictos bélicos. Los tales hemos sobrevivido hasta ahora y, en su momento, no echábamos de menos todos los beneficios que nos llegarían después y que por lo mismo sabemos relativizar su importancia y sabríamos vivir tan ricamente sin ellos.

O sea, que tenemos que acostumbrarnos a vivir peor, a compartir el coste social que eso va a suponer y a no esperar que las autoridades públicas solucionen todos nuestros problemas. Cuanto más tiempo tardemos en danos cuenta de ello, más difícil va a ser el período de adaptación a nuestra nueva y más penosa situación, más va a costarnos a todos y más podremos perjudicar a quienes queden más perjudicados por ella.

Si eso no nos enseña a ser más solidarios con los demás, no sé a qué nueva catástrofe tendremos que esperar para conseguirlo.


¿Cuál es la diferencia entre el nazismo y el comunismo?

La pregunta ingenua le fue hecha en 1937 por una estudiante inglesa a Rudolf Hess, entonces presidente del Partido Nazi de Adolf Hitler. En vez de enfadarse, el hombre se echó a reír: “No tengo ni idea”, dijo.

La anécdota la recoge la escritora Julia Boyd, en su reciente y revelador libro Viajeros en el Tercer Reich. La cuestión se la plantearon a sí mismos no pocos visitantes anglófonos de aquellos días, asombrados también de la facilidad con la que comunistas de antaño acababan sometiéndose entusiástica y fácilmente a las consignas fascistas de Hitler.

En el fondo, la adaptación costó menos de una década, ya que ¿en qué se diferenciaban los gulags soviéticos destinados a los disidentes  —reales o ficticios—, de los campos de concentración alemanes dispuestos para los enemigos del nacionalsocialismo? ¿Y las torturas de las checas comunistas de las que realizaba la Gestapo?

Ambas actuaciones estaban basadas en un mismo principio: el Estado tiene toda la razón, por lo que quien no comulgue con él debe ser expoliado de sus bienes, reeducado por el sufrimiento y, en su caso, asesinado.

Esa práctica, sin haber desaparecido del todo en muchas partes, alcanzó su apogeo en la época de Stalin en la URSS o en la de los jemeres rojos en Camboya, quienes exterminaron a una tercera parte de la población del país.

Por esa similitud de principios no les costó nada a los alemanes orientales, acostumbrados al espionaje y a las delaciones familiares en el Tercer Reich, acomodarse a la llamada vigilancia mutua de la RDA, por la que medio país espiaba al otro medio al servicio de la Stasi, la siniestra policía política comunista.

Lástima que la pregunta a Rudolf Hess quedase sin respuesta, dado lo ambiguo del terreno entre ambos conceptos. Por ejemplo: ¿es comunista la República China?, ¿o se trata más bien de un país fascista?

En vez de esclarecerse, la cuestión adquiere más vigencia cada día, ya que los términos nazi o fascista se han convertido en dicterios terribles, de fácil utilización, mientras que en algunos medios las palabras comunista o progre son sinónimos de bondad, justicia y pacifismo, justo lo que pensaban en su día el 90% de los alemanes de Adolf Hitler.

Por eso, no debemos dejarnos engañar: quien de una manera totalitaria justifica estar en contra de la libertad de pensamiento, de expresión, de cátedra, de empresa, de creencias, ni es demócrata ni lo pretende; lo que quiere es acabar imponiendo el pensamiento único que es el que él considera correcto, llámese FrancoPablo IglesiasPutin o Kim Jong-un.

Por cierto quitar a los padres la competencia sobre moral, valores y comportamiento de sus hijos para que los adoctrine el Estado ya fue hecho en su día por el Frente de Juventudes franquista, los Pioneros castristas, las Juventudes Hitlerianas y otras instituciones nada amantes de la libertad.


¡Qué bueno ser de izquierdas!

De pequeño fui socio del Athletic de Bilbao, lo que no proporcionaba muchas alegrías más allá del masoquismo. Ahora me gustaría ser de izquierdas, no sólo porque es lo que se lleva, sino por las ventajas que supone.

La sociedad, al menos la española, parte de que los de izquierdas son superiores moralmente a los de derechas; por eso, todo lo que digan o hagan va a misa, aunque la frase no resulte muy adecuada en este contexto.

Decir pueden decir humanes, Consejo de Ministras, criaturas, sin especificar el sexo de los niños ni al pediatra, el que las gallinas son violadas por los gallos y otras imposiciones de la dictadura de lo políticamente correcto sin que se les ría en la cara el personal, como nos ha pasado a otros de lenguaje más convencional.

Y hacer… Hacer pueden hacer prácticamente lo que quieran, sin incurrir ni siquiera en el Código Penal. No me refiero tan sólo a prácticas políticas que en la derecha se habrían considerado infames, como colocar a la pareja en un cargo público, aunque fuese en la Feria de Muestras. Ahora nadie se ha rasgado nada, en cambio, porque Pablo Iglesias tenga a su mujer, Irene Montero, en el Gobierno que vicepreside. Tampoco el que Dolores Delgado haya pasado directamente de Ministro a Fiscal General del Estado, en una alfombra roja, más que en una puerta giratoria. ¡Y no digamos del latrocinio multimillonario de los EREs de Andalucía!

¡Ay, si algo de eso lo hubiese realizado la derecha! Todo el mundo estaría criticándolo hasta el final de la Legislatura. O el fin de los tiempos, que en este caso amenaza con ser lo mismo.

Pero hay también otras cuestiones menores, pero probadas documentalmente, que como si nada: las subvenciones a Juan Carlos Monedero en Venezuela, la ilegalidad de la tesis de Íñigo Errejón, la especulación del piso de protección oficial de Ramón Espinar, la contratación sin seguridad social del ayudante de Pablo Echenique

¡Ay, insisto, si algo de esto, de lo que casi nadie se acuerda, lo hubiese realizado la derecha! Ya ven: sin haberle probado jamás ningún delito y habiendo sido absuelto en todos sus procesos, el ex presidente valenciano Paco Camps es un apestado, un muerto en vida, que ha merecido cientos de portadas denigratorias en los principales diarios del país. Y de Rita Barberá, no digamos. Sin haber resultado incriminada de nada, fue cesada, vilipendiada, insultada y, en su caso, muerta, muerta por causas que hubiesen sido más naturales si no hubiese estado tan profundamente deprimida.

Así que vuelvo a los orígenes de este artículo: que me digan dónde hay que firmar para ser de izquierdas y así tener patente de corso para cualquier tropelía y, además, con la superioridad moral de saber que uno tiene razón y que no es como esa purria de la derechona.

¿Qué haríamos sin Donald Trump?

No me refiero sólo a presidentes tan malvados como Richard Nixon o tan inútiles como George Bush Jr. También Barack Obama, aparte de ser negro no dejó otro legado a la posteridad que el homicidio de Bin Laden. Y, por su parte, el sobrevalorado John Kennedy fue un político nepotista que fracasó militarmente en Vietnam y mucho más chapuceramente aún en el desembarco de Bahía de Cochinos.

Uno nunca ha tenido una elevada opinión de los presidentes norteamericanos. Entre otras razones, por el dicho de aquel país: “Si tienes dos hijos y quieres que progresen, dedica el listo a los negocios y al tonto mételo en política”.

Por eso mismo, las excentricidades de Donald Trump vienen a ser un continuum de las de sus predecesores, aunque, por supuesto, más extravagantes e imprevisibles que aquéllas. Así que, ¿qué haríamos si el Congreso estadounidense llegase a destituir al mandatario actual?

Pues que nos quedaríamos sin un histrión que ahora mismo canaliza nuestra ira y nuestras frustraciones y que le convierte en objeto de nuestras burlas y nuestras críticas, ahorrándonos así el tener que hacer un análisis crítico tanto de sus obvias incoherencias como de las encubiertas limitaciones y carencias en que incurrimos el resto de las democracias occidentales.

Ése ha sido el éxito de Trump, el de llenar todo el escenario político y poder ser en consecuencia objeto de chanzas —como las de TrudeauBoris Johnson y Macron— que evitan a estos últimos tener que explicar sus múltiples desatinos en política interna y externa.

Por eso, si Trump desapareciese de la escena pública nos quedaríamos sin un bufón del que reírnos, sí, pero también sin el charlatán cuya verborrea sirve para distraer al personal de nuestras propias meteduras de pata políticas.


Estudiar en España

Cuando yo estudiaba el Bachillerato, hace más de sesenta años, los alumnos españoles íbamos por delante de nuestros coetáneos de otros países. Modestamente, lo sé por propia experiencia. Claro que entonces no se había generalizado la educación, como ahora, y el acto de estudiar se reducía a los hijos de familias pudientes o a chicos de brillante inteligencia que obtenían becas con las que hacerlo.

Así era más fácil quedar bien en la comparación con los alumnos foráneos, aparte de que el rigor académico no se andaba con chiquitas a la hora de exigir resultados. Por eso, aunque también estudiaban hijos de papá que eran unos auténticos zotes, eso no empañaba demasiado la media de excelencia docente.

Lo recuerdo ahora porque los recientes resultados del informe PISA señalan un alarmante descenso en las cualificaciones académicas de nuestros chicos, relegados a los puestos de cola del pelotón escolar. Eso no quiere decir que en algún otro país no se hayan hecho trampas en las evaluaciones, pues aquí no tenemos ni mucho menos el monopolio de la picaresca y de la trapacería. Por supuesto. Pero esto es como el dopaje en algunos deportes: si todo el mundo se droga, la clasificación final de los participantes revela, no obstante, el orden de méritos entre ellos, por fulleros que éstos sean.

En el caso de España, además, la ideologización de la enseñanza, los vaivenes educativos según quién sea el gobernante de turno, la falta de exigencia a docentes y discentes, el “buenismo” didáctico que exime de responsabilidades a quienes se aprovechan del sistema… complican y empobrecen el resultado del aprendizaje en cualquier nivel académico.

El último y clamoroso ejemplo lo tenemos en las universidades catalanas que dispensan de asistir a clase a quienes alborotan en pro de la separación de España. ¡Dios! ¡Y uno que creía que no volverían nunca a producirse aquellos abominables “aprobados generales políticos”, dados por algunos profesores a quienes se manifestaban al final del franquismo y que acabaron produciendo los profesionales más incompetentes de los últimos 80 años!

El colofón de todo esto es que si no se vuelve de inmediato al rigor y la exigencia en la formación académica de unos y otros, a nuestros ya crecientes males habrá que sumar el del retraso y el empobrecimiento intelectual de las siguientes generaciones.

La Confederación Hispánica

Sé que muchos de ustedes no se lo creerán, a pesar de los muchos indicios que apuntan en ese sentido, pero quizá dentro de tres años no les quedará otro remedio que rendirse a la evidencia.

El primero, el pitorreo que se traen con nuestra Constitución, al menos la tercera parte de nuestros políticos. No es sólo su sistemático incumplimiento nada menos que por toda la Generalitat de Cataluña, sino por la chacota con la que promete acatarla una tercera parte de los diputados, a quienes sólo les falta en su fórmula de acatamiento, mandarla a tomar por el c…

La persona que encarna nuestro ordenamiento jurídico, el Rey, está siendo ninguneado por un Pedro Sánchez que ya está nombrando Gobierno antes de ser encargado de hacerlo por el Monarca y con la posterior aceptación de Las Cortes, y que envía en momentos internos clave a Felipe VI a Cuba e intenta hacerlo a Argentina, para así quitárselo de en medio, y que también lo suplanta en la Cumbre del Clima, logrando acaparar toda la atención mundial sobre su persona.

Pero es más. El invento sin fundamento histórico de la “España plurinacional” comienza ya a formularse en la izquierda por unos y por otros, nacionalistas, socialistas, comunistas y medio pensionistas, pujando incluso por el número de naciones, desde las cuatro que preconizaba Andoni Ortúzar hace bien poco hasta las ocho que acaba de aceptar Ximo Puig.

O sea, que la invención de Rodríguez Zapatero toma cuerpo y vamos a convertirnos en la Suiza del sur, con una confederación de cantones en la que cada uno de ellos es un Estado propio y sólo permanecen unidos en la representación internacional y en la defensa nacional.

A nuestros confederados, no les importa que Suiza surgiese de una unión y La Confederación Hispánica, al contrario, de una desunión, con tal de tener una República Confederal, de imponerse sobre Estados desiguales y prácticamente independientes, pues mossos d´esquadra y Ertzaintza serían unas fuerzas militares, mientras Cataluña conservaría también, y ampliaría, sus actuales embajadas con el catalán como único idioma oficial.

¿Qué esto es una utopía? ¿Una ensoñación? Pues lo siento, porque todos los síntomas van más bien en este sentido y no en el contrario.

¡Viva el consumismo!

A pesar de la enorme Deuda Pública de la mayoría de los Estados, entre ellos el español, y del crecimiento sin freno de su Déficit Público, se ha impuesto entre la izquierda y sus intelectuales —como los sobrevalorados Premios Nobel de Economía Paul Krugman y Joseph Stiglitz—, la tesis de que para prevenir y combatir la crisis que se nos viene encima hay que consumir más.

Ya ven: justo lo contrario de lo que preconizan el FMI, el Banco Mundial y las instituciones públicas responsables de la economía mundial.

Según los gurús de la antiausteridad, para que la actividad económica no decaiga, hay que gastar mucho y entonces las empresas producirán más. Pero, como quienes primero consumen nuestro dinero son precisamente las instituciones y sus cada vez más numerosos chiringuitos improductivos, ese dinero sólo puede venir de nuestros impuestos, con lo que nos empobrecemos cada vez que alguien practica eso de gastar sin mirar, ya que las empresas acaban disminuyendo entonces su actividad, y el empleo, por consiguiente, se acaba resintiendo.

Lo siento, pero esto es como el timo piramidal, en el que cada vez más individuos aportan una cantidad para que los elementos del escalón siguiente de la pirámide ganen más y los del escalón más alto acaben forrándose.

¡Tantos años que estuvieron los intelectuales de izquierda criticando el consumismo y el neocapitalismo subyacente en el acto de gastar en lo superfluo e innecesario, para que ellos acaben ahora enriqueciéndose con chalets en Galapagar, tarjetas black, dinero de EREs fraudulentos y otras prebendas, mientras que el Estado amaga con no poder pagar las pensiones, la Seguridad Social está en peligro y no podremos cumplir nuestros compromisos internacionales!

Ahora resulta que los mayores defensores de un capitalismo ultra, de gastar más de la cuenta, de no mirar nuestros ingresos y de beneficiarse sólo ellos mismos aunque el sistema reviente son unos progres que han hecho de los Black Friday, Cyber Monday… una nueva religión de la que ellos son sus apóstoles y hasta sus sumos pontífices.

¿Es fascista el humor?

El gran poeta comunista Gabriel Celaya llegó a decir que “el humor es fascista”. El hombre, amargado, y con mucho dolor acumulado en sus espaldas, no gozó de la liberación catártica del humor. Peor para él.

Claro que para que el ingenio y la ironía resulten eficaces es preciso que, como “la caridad bien entendida”, que decía San Pablo, “comiencen por uno mismo”. Es decir, que la clave del humor consiste en reírse de quien lo practica. Cuando sólo se aplica sobre los demás, es sarcasmo, burla, ridiculización y mala leche.

Esto viene a cuento del presunto programa humorístico “Polònia”, de TV3, que se dedica indefectiblemente a ridiculizar a España, a los españoles y a sus fuerzas de seguridad, mientras que los separatistas catalanes siempre son los buenos de la película.

Justo lo contrario que el divertido programa “¡Vaya semanita!”, de ETB, en el que el humor y hasta el ridículo recaía sobre vascos de todas las especies y también sobre los demás, abarcando los temas considerados más delicados.

Esa tradición del humor, que alcanza cotas de finura en los gallegos, por ejemplo, y pasa por Las Fallas de Valencia o Las Chirigotas de Cádiz, es nuestra única esperanza de salvación colectiva frente a tanta hosca trascendencia como hay hoy día, dispuesta a partir la cara a un prójimo que no piense como él.

Claro que no todo el mundo puede tener el mismo sentido del humor. Los bilbaínos, quizá por la tradición grotesca del personaje cómico Arlote y sus “arlotadas”, siempre hemos estado dispuestos a sentirnos ridículos, sin tener ningún complejo por ello. Recuerdo, a este respecto, que intentando camelar hace años a la familia de mi novia catalana les conté un chiste de vascos que les causó gran regocijo. Envalentonado por mi éxito, les dije: “Ahí va otro de catalanes”. Las caras biliosas con que lo acogieron, me revelaron que mejor era guardar el sentido del humor para cuando volviese a casa.

O sea, que no todo el mundo tiene el mismo sentido del humor, por supuesto. Pero, como demostró Lubistch en “To be or not to be”, hasta lo más horrible es susceptible de ser tratado con humor, ya que ésta es la manifestación más sublime e inteligente del ser humano. El día en que este país perdiese totalmente el sentido del humor, como hacen hoy día ciertos supremacistas excluyentes, es que España no tendría ya remedio.

Diferencias entre Euskadi y Cataluña

El independentismo catalán aprendió de la violencia etarra en Euskadi (sobre todo de la kale borroka) para su insurrección separatista. Ahora son los abertzales vascos quienes imitan la organización secesionista catalana para acabar con el Estado español.

Hasta ahí las semejanzas, porque los nacionalismos en las dos regiones españolas no tienen nada que ver.

El incipiente (o renovado) soberanismo de una parte de la sociedad catalana ha sido y es dirigido por una burguesía que ve en la independencia una mayor posibilidad de enriquecerse, ya que el Principado tiene una economía equilibrada, una actividad muy variada, un mercado propio de dimensiones adecuadas, una ubicación estratégica en Europa, grandes infraestructuras creadas por los sucesivos Gobiernos de España,… En fin, que podría ser tan independiente y hasta con mejores hechuras que Dinamarca, pongamos por caso.

El inconveniente para ese delirio utópico es doble. De una parte, que para alcanzarlo es preciso un movimiento de ruptura violenta que puede arramblar con derechos individuales, vidas propias y ajenas, la riqueza y el bienestar colectivo actuales y hasta la estabilidad política de todo el continente. De otra, que los más preparados y deseosos de llevarlo a cabo son grupos radicales y anarquistas que acabarían con todo, empezando por la utopía tontorrona y bienintencionada de los independentistas más idealistas, quienes serían los primeros en sufrir sus consecuencias.

La burguesía nacionalista del País Vasco, en cambio, sabe que la independencia de su paisito sería económicamente catastrófica, ya que su bienestar se deriva de un mercado español que tiene cautivo, al formar parte de él, y que carece de todos los mimbres para constituirse en Estado independiente.

De ahí que el PNV se permita dar carrete en sus proclamas y ensoñaciones al independentismo radical mientras engorda, en todos los sentidos, con un Estatuto de Autonomía que le concede todos los derechos y ninguna obligación, que le otorga una independencia de hecho en lo cotidiano mientras que le protege con el Estado de cualquier posible asechanza económica y política de quienes puedan poner en peligro su bienestar superior al de cualquier otra parte de España y, por supuesto, al que conseguiría con una eventual e indeseada independencia.

Así son las cosas. Y entenderlas, claro, no sirve para solucionarlas, pero sí que supone un principio de aproximación realista a un grave conflicto que todos tenemos encima mismo de nosotros.

Rebelión de las clases medias

Hace tiempo que la rebelión social no es urgida por las masas depauperadas, si es que alguna vez lo fue. Es verdad, no obstante, que estaban los sans-culottes en la toma de La Bastilla o que a Evita le gustaba hablar de sus pobres descamisados. En tal caso, ésas son historias del pasado.

La primera revuelta que presencié personalmente, la de Mayo del 68 en París, la protagonizaban unos estudiantes que tenían un nivel de vida muchísimo más alto que nosotros, pobrecitos españoles. Aquellos eslóganes de ¡pidamos lo imposible! o ¡queremos todo y lo queremos ahora! reflejan el máximo nivel de exigencia de unos jóvenes a los que no les faltaba casi nada.

Desde entonces, hasta las últimas manifestaciones de Ecuador, casi todas las asonadas han sido así, porque uno no sabe aquello de lo que carece hasta que empieza a tenerlo. Y si me he referido a las revueltas de Quito es porque cuando conocí la ciudad hace cincuenta años, continuaba siendo un tranquilo enclave colonial del siglo XVI, sin conciencia de su absoluta pobreza. Ahora, en cambio, quiere parecerse a un resort vacacional norteamericano, con una creciente clase media que aspira a vivir, y con razón, muchísimo mejor.

Eso es válido, en una u otra medida —ya sé que intervienen muchísimos más factores— para la llamada primavera árabe, para las convulsiones de América Latina o para los movimientos secesionistas europeos: no se rebelan los pobres sobreexplotados, no, sino aquéllos que tienen conciencia, medios y posibilidades para no serlo o para participar ellos también en el reparto de la riqueza que se genera.

De alguna manera es lo mismo que aconteció en muchos movimientos de emancipación colonial de varios continentes: que quienes habían encabezado las revueltas fueron luego tan sátrapas y tan explotadores al menos como las viejas potencias coloniales. Y algunos países, por desgracia, aún siguen padeciendo ese lamentable estado de cosas.


Las razones de los ‘indepes’

Entiendo perfectamente las razones de los independentistas catalanes. Incluso que lleguen a ser una gran mayoría social. La gente se mimetiza con su medio. Sucedió aquí con Francisco Franco (no todos los asistentes a sus multitudinarias muestras de apoyo fueron forzados), con Adolf Hitler (hasta Austria se incorporó voluntariamente al III Reich) y con José Stalin, cuya muerte lloraron desconsoladamente las masas de medio mundo.

Pero no es sólo eso. Los manifestantes (pacíficos o no) tienen razón al considerar a España un entre jurídico tan distante como Uzbekistán o Papúa Nueva Guinea, sin otra vinculación con ellos, en su caso, que cobrar impuestos para mantener un Ejército de ocupación, Embajadas donde se sirve vino de Jerez y funcionarios que no hacen más que tocarles los cojones.

Digo que tienen razón porque eso es lo que han aprendido en una escuela donde no existe libertad de expresión y sí una visión sesgada y excluyente de la historia del país (Cataluña) y hasta de sus logros y frustraciones. Es más: para ratificar en la edad adulta esos conocimientos adquiridos ya están las múltiples televisiones públicas haciendo esa patriótica labor.

Es lógica, pues, la insurrección nacional ante un Estado extranjero, ladrón, opresor, antidemocrático, fascista, bla-bla-bla y que ni siquiera habla catalán (el promotor de la pitada al himno nacional en el partido Barça-Athletic, llamado Santiago Espot, tras intimidar humillantemente al director de un centro de salud en el que se atendió a alguien en castellano, afirmó que “dentro de unos años no se entenderá el español en Cataluña”. ¡Menudo avance!).

Tampoco hay que escandalizarse ante la violencia juvenil, pues ya se sabe que un exceso de testosterona propicia estos lógicos desmanes. Además, para que una revolución triunfe, aunque sea ésta democrática, siempre hace falta una minoría radical y hasta terrorista, para ponerle las cosas a huevo a los considerados moderados o pacíficos.

Y una consideración más, por no extenderme. Dicen los españoles (todos) que los CDR y compañía tumultuaria están perjudicando gravemente la economía catalana. ¿Y qué? ¿Qué importa ir hace atrás, diez, veinte y hasta cien años cuando se trata de instaurar un proyecto milenario que tendrá tiempo de sobra para recuperarse y convertirse en la Arcadia feliz?

Porque esa es otra: los insurrectos no usan el pensamiento lógico, como hacemos ustedes y yo, sino el mítico, el de las grandes expectativas, como un tal Juli Gutiérrez, quien afirma con una clarividencia envidiable, que “Cataluña dominará lo próximos 1.700 años el mundo occidental”.

¡Acabáramos! ¿Ven cómo los “indepes” tienen razón?

No me interesan las noticias

No sé si lo mío es muy grave, pero han dejado de interesarme las noticias.

No me refiero sólo a las truculentas: al asesinato de cada día, a la última víctima de la violencia machista, a la penúltima ocurrencia estrafalaria de Donald Trump, a la insurrección (violenta o, al menos, intimidatoria, qué quieren que les diga) de Cataluña, al Brexit de nunca acabar, al bloqueo político de España, al futuro imposible de las pensiones, a la desaceleración económica…

Paro ya. La verdad es que han dejado de interesarme las noticias, todas ellas. No me compensa anímicamente el grado de desazón que me producen. Y lo peor de todo es que ya no sé lo que es verdad y lo que no. Me explicaré.

Ignoro hasta qué punto son interesadas, manipuladas o ciertas las noticias que recibo: no hay más que ver las versiones contradictorias y hasta opuestas de los distintos medios de comunicación. Y no hablemos ya de las redes sociales: sin identificación de su autoría, sin posibilidad de verificarlas, sólo sirven para atizar los instintos más bajos del personal en vez de informarlo.

Para acabar de rematar este sindiós, que diría el otro, están los errores garrafales de los llamados profesionales del oficio: dicen una cosa cuando las imágenes que ofrecen muestran justamente lo contario, confunden nombres fechas y hechos, no saben explicar las causas ni las consecuencias de lo que comentan, dejan sin seguimiento hechos notables…

Ya me dirán si es para estar preocupado o no. ¿Y en estas condiciones queremos tomar decisiones correctas, en política o en cualquier otra área de la vida? Me temo que no.

Por eso, no me interesan las noticias tal como me las dan, aunque claro que quiero y necesito informarme. Lo que pasa es que hoy día noticias e información vienen a ser conceptos antagónicos.

Izquierdistas de nuevo cuño

La gente e izquierdas de mi tiempo -en la que me integré para luchar contra el franquismo- eran personas austerasorgullosas de los valores proletarios de la época: moral rigurosa, espíritu de sacrificio, capacidad de aguante, más preocupada por el futuro colectivo que por sus intereses personales inmediatos…

Los nuevos izquierdistas, qué quieren que les diga, son de otra pasta. Para empezar me he encontrado con mucho personal advenedizo, mucha gente mayor que lloró de pena cuando murió el dictador y que ahora -cuando tanto se habla de “Memoria Histórica”- reniega de su pasado o simplemente se le ha olvidado, como aquel Enric Marco, que llegó a presidir la Amical Mauthausen de prisioneros españoles en campos de concentración nazis y resulta que sólo era un impostor que vivió tan ricamente bajo el franquismo.

Sin llegar a tanto, muchos nuevos izquierdistas se han encontrado siéndolo por culpa de la moda, del adoctrinamiento, de que es lo chic…

Este personal advenedizo no comparte, por supuesto, los valores austeros y me atrevería a decir que hasta conservadores, sobre todo desde el punto de vista moral, de sus predecesores. Entonces, por ejemplo, las libertades sexuales de ahora eran consideradas oficial y oficiosamente por sus líderes como “aberraciones burguesas”.

Pero es que hay más. Recientemente me he encontrado con gentes que dicen ser de izquierdas -y braman contra quienes no lo son- que defraudan el IVA en sus chapuzas como autónomos, que perciben dinero en “negro” para seguir beneficiándose del paro, que falsifican sus horas de trabajo, que cobran subvenciones por actividades que no realizan, etcétera, etcétera.

Se trata, pues, del personal más insolidario, y hasta reaccionario, de todo el sistema solar. Y, sobre todo, se trata de gente que da lecciones de comportamiento a los demás y les acusa de ser ellos los autores de todas las perversiones que impiden el progreso social.

Ya me dirán.

Gastar, gastar, gastar…

No sabemos la que se nos viene encima. O, lo que es peor, lo sabemos, pero no hacemos nada para remediarlo.

Me refiero, sobre todo, a nuestras autoridades políticas y económicas, que, en vez de prepararse para la crisis inmediata, se dedican a gastar como locos, sin tener para poder hacerlo otro dinero que el nuestro, es decir, el de los impuestos. Los ciudadanos del común apenas si nos dedicamos a nuestra propia vida, sin perjudicar con ella los ingresos de los demás.

No me quedo en mi crítica sólo con Donald Trump, Xi Ping, Boris Johnson y otros imbéciles foráneos, empeñados en poner palos a la ruedas de la economía, cerrar fronteras, reducir el comercio y volver a las prácticas comerciales del siglo XVII. Aquí tenemos suficientes insensatos nacionales, sin necesidad de importarlos: lo digo por Puigdemont, Torra y otros vocingleros, gustosos de trocear el mercado y hacer juicios de sangre como en el siglo XV. Pero también a Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y demás izquierda sobrevenida que cree que lo suyo es prometer de todo con el dinero que los demás dejarán de tener a causa precisamente de su empobrecimiento.

Lo explico. Ahora lo progre no es crear empleo, ni que crezcan las oportunidades de tenerlo, ni que haya lo que ante se llamaba justicia social. Ahora se trata, simplemente, de gastar cuanto más mejor, aunque eso no sirva para nada o, lo que es peor, sirva para destruir empleo.

Me remito a ese derroche de promesas sociales en plena precampaña electoral: subir pensiones sin tino, aumentar el salario mínimo sin evaluar su impacto, reducir el número de peonadas para beneficiarse de los PER, seguir subvencionando ONGs a cual más prescindible a no ser para los amiguetes del Gobierno…

Gastar, gastar, gastar,… hasta que nos arruinemos del todo, hasta que no haya impuestos para pagar lo gastado porque no queden puestos de trabajo para soportarlo. ¿Eso queremos? Pues vamos como kamikazes a conseguirlo en muy breve plazo.

Más información y peor informados

No hace falta ser un lince para saber que hoy día tenemos más información que nunca, hasta sobre cualquier nimiedad. No digamos ya sobre acontecimientos realmente importantes o meramente morbosos, como el juicio de Ana Julia Quezada, que está cubierto por 150 periodistas de 35 medios convencionales.

Además de los reporteros tradicionales, cualquiera puede convertirse actualmente en informador, por medio de Facebook, YouTube, WhatsApp, Messenger, Instagram, Linkedin,… y varios cientos de redes sociales. Con decirles que la que ocupa el puesto número 30 en el escalafón tiene 80 millones de usuarios está todo dicho.

Así que no tenemos información propiamente tal, sino que en realidad estamos anegados por ella. Y aun así no estamos bien informados en absoluto.

Por ejemplo, a pesar de los millones de noticias que hemos recibido sobre los infectados por la listeriosis, ¿sabemos de verdad cuáles son sus causas, sus síntomas y sus efectos sobre la salud? Eso, en el supuesto de que el informador no meta simplemente la pata, confundiendo lugares, hechos o personas, o simplemente ignorándolas.

Estos dos últimos días, al azar, he oído en televisión hablar de “cadáveres sin vida” —¿es que hay otro tipo de ellos?—, citar las provincias de “Castellón, Benicasim y Peñíscola”, en un totum revolutum geográfico, hablar de un presunto testigo presencial que explica tal cual que “me dijeron dos vecinas”… ¿Desde cuándo un testimonio de oídas es un testimonio presencial?

Así podríamos seguir indefinidamente. Y es que si todo el mundo llega a meter baza, la información se convierte en confusión, interpretación, manipulación, interés,… Y acabo con una anécdota personal: en un almuerzo, un amigo me rebatió una información que yo conocía de primera mano. “Eso no es así”, arguyó, y para eso echó mano de la inefable Wikipedia. “Pues sí” —acabó diciendo con cara de sorprendido—, en Wikipedia pone lo mismo que tú dices”.

Menos mal que en esta ocasión coincidimos la enciclopedia virtual y yo, porque se trataba de una biografía y mi amigo ignora que la mayor parte de las de Wikipedia son escritas por los propios interesados, sin un atisbo de crítica y con escamoteo de hechos inconvenientes para el personaje. Pero es que la mala información de hoy día es así.

Los únicos que creen en España

Para ser exactos, en realidad España no existe. Hay una agregación de territorios —hoy, Comunidades Autónomas— que comparten mal que bien unas cuantas instituciones comunes, desde la representación exterior hasta algunas leyes, cada vez menos.

Y no comparten el idioma porque en algunos territorios los energúmenos se comportan como tales si alguien no les contesta en la lengua vernácula, como la política izquierdista valenciana que increpó a la camarera argentina de un bar porque la contestó en castellano.

 El desconocimiento de los españoles de sí mismos se ve acrecentado por libros de texto que ignoran la realidad histórica y geográfica de otros territorios vecinos, llegando a falsear la realidad cuando no se acomoda a sus premisas políticas particulares y partidistas.

Existe una auténtica competición en esta búsqueda de la singularidad diferencial que ha llevado a unas forzadas inmersiones lingüísticas a zonas en que antes jamás se hablaron los idiomas minoritarios en España, como sucede en lugares de Navarra con el euskera (neologismo euskaldún), en la Vega Baja alicantina con el llamado idioma autóctono y otros. Para eso se crearon en su día las respectivas televisiones autonómicas, aunque el fenómeno se extendió luego a donde sólo se hablaba castellano. Y no les cuento el dinero público destinado a este renacimiento lingüístico, como ahora sucede con las subvenciones al bable asturiano.

Los únicos que creen en España, qué quieren que les diga, son aquellos separatistas racistas catalanes que le muestran su odio —“España nos roba”, “puta España”,…— hasta el punto de acuchillar a quien lleve algún símbolo de ese Estado, patria común de todos los ciudadanos.

Gracias a ellos, miren por dónde, aún se habla de España.

Hartos de las noticias en la tele

Una de las frases preferidas por muchos televidentes es “para qué ver dramas en la tele, cuando ya tengo demasiados en la realidad”. Ésa sería una de las razones de la caída de audiencia de los programas informativos en todas las cadenas salvo Antena 3. Cuatro simplemente ha prescindido de ellos. Pero ese motivo no es el principal de la animadversión hacia las noticias, sino su sectarismo.

Resulta que los programas que en teoría relatan acontecimientos no se dedican a informar de ellos, sino a adoctrinar sobre ellos. Y eso sí que no hay quien lo aguante.

Los medios de comunicación españoles en general y la televisión en particular se han sumado a la moda de pensamiento único, que quiere decir de lo políticamente correcto, en la que pasan más tiempo opinando que narrando, haciendo más apología que análisis, imponiendo criterio en vez de ofrecer herramientas de interpretación.

Al final, esos medios se convierten en instrumentos para adeptos, para convencidos o en fase de convencimiento. En el fondo, son como el espejo de la madrasta de Blancanieves, al que ésta podía preguntar, conociendo de antemano la respuesta, “Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa de todas?”: pues lo son los que opinan como la televisión de turno.

Y no hablo a humo de pajas. En el último año, La Sexta ha perdido el 6,1% de sus espectadores, Telecinco un 3,1% y Cuatro el 23,6%. Y no olvidemos la otrora ponderada e independiente TVE, que en manos de Rosa María Mateo ha bajado un 18,4%.

Mientras el espectro ideológico dominante de izquierdas empieza a fatigar al espectador, la derecha residual hace tiempo que tiró la toalla, cuando las entonces todavía accesibles Intereconomía y Trece se dedicaron a destruirse una a la otra en vez de plantar batalla de ideas -y, sobre todo, de narración objetiva de hechos- a sus rivales ideológicos.

No me extraña, pues, que con tanto barullo doctrinal la gente prefiera ver los concursos o los programas deportivos ya que, al menos, permiten tener pluralidad de criterio al telespectador.