Madrid, España. Edita: The Experience Club. Producción: Carlos Matías
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Enrique Arias Vega

El Valor de la Experiencia

Izquierdistas de nuevo cuño

La gente e izquierdas de mi tiempo -en la que me integré para luchar contra el franquismo- eran personas austerasorgullosas de los valores proletarios de la época: moral rigurosa, espíritu de sacrificio, capacidad de aguante, más preocupada por el futuro colectivo que por sus intereses personales inmediatos…

Los nuevos izquierdistas, qué quieren que les diga, son de otra pasta. Para empezar me he encontrado con mucho personal advenedizo, mucha gente mayor que lloró de pena cuando murió el dictador y que ahora -cuando tanto se habla de “Memoria Histórica”- reniega de su pasado o simplemente se le ha olvidado, como aquel Enric Marco, que llegó a presidir la Amical Mauthausen de prisioneros españoles en campos de concentración nazis y resulta que sólo era un impostor que vivió tan ricamente bajo el franquismo.

Sin llegar a tanto, muchos nuevos izquierdistas se han encontrado siéndolo por culpa de la moda, del adoctrinamiento, de que es lo chic…

Este personal advenedizo no comparte, por supuesto, los valores austeros y me atrevería a decir que hasta conservadores, sobre todo desde el punto de vista moral, de sus predecesores. Entonces, por ejemplo, las libertades sexuales de ahora eran consideradas oficial y oficiosamente por sus líderes como “aberraciones burguesas”.

Pero es que hay más. Recientemente me he encontrado con gentes que dicen ser de izquierdas -y braman contra quienes no lo son- que defraudan el IVA en sus chapuzas como autónomos, que perciben dinero en “negro” para seguir beneficiándose del paro, que falsifican sus horas de trabajo, que cobran subvenciones por actividades que no realizan, etcétera, etcétera.

Se trata, pues, del personal más insolidario, y hasta reaccionario, de todo el sistema solar. Y, sobre todo, se trata de gente que da lecciones de comportamiento a los demás y les acusa de ser ellos los autores de todas las perversiones que impiden el progreso social.

Ya me dirán.

Gastar, gastar, gastar…

No sabemos la que se nos viene encima. O, lo que es peor, lo sabemos, pero no hacemos nada para remediarlo.

Me refiero, sobre todo, a nuestras autoridades políticas y económicas, que, en vez de prepararse para la crisis inmediata, se dedican a gastar como locos, sin tener para poder hacerlo otro dinero que el nuestro, es decir, el de los impuestos. Los ciudadanos del común apenas si nos dedicamos a nuestra propia vida, sin perjudicar con ella los ingresos de los demás.

No me quedo en mi crítica sólo con Donald Trump, Xi Ping, Boris Johnson y otros imbéciles foráneos, empeñados en poner palos a la ruedas de la economía, cerrar fronteras, reducir el comercio y volver a las prácticas comerciales del siglo XVII. Aquí tenemos suficientes insensatos nacionales, sin necesidad de importarlos: lo digo por Puigdemont, Torra y otros vocingleros, gustosos de trocear el mercado y hacer juicios de sangre como en el siglo XV. Pero también a Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y demás izquierda sobrevenida que cree que lo suyo es prometer de todo con el dinero que los demás dejarán de tener a causa precisamente de su empobrecimiento.

Lo explico. Ahora lo progre no es crear empleo, ni que crezcan las oportunidades de tenerlo, ni que haya lo que ante se llamaba justicia social. Ahora se trata, simplemente, de gastar cuanto más mejor, aunque eso no sirva para nada o, lo que es peor, sirva para destruir empleo.

Me remito a ese derroche de promesas sociales en plena precampaña electoral: subir pensiones sin tino, aumentar el salario mínimo sin evaluar su impacto, reducir el número de peonadas para beneficiarse de los PER, seguir subvencionando ONGs a cual más prescindible a no ser para los amiguetes del Gobierno…

Gastar, gastar, gastar,… hasta que nos arruinemos del todo, hasta que no haya impuestos para pagar lo gastado porque no queden puestos de trabajo para soportarlo. ¿Eso queremos? Pues vamos como kamikazes a conseguirlo en muy breve plazo.

Más información y peor informados

No hace falta ser un lince para saber que hoy día tenemos más información que nunca, hasta sobre cualquier nimiedad. No digamos ya sobre acontecimientos realmente importantes o meramente morbosos, como el juicio de Ana Julia Quezada, que está cubierto por 150 periodistas de 35 medios convencionales.

Además de los reporteros tradicionales, cualquiera puede convertirse actualmente en informador, por medio de Facebook, YouTube, WhatsApp, Messenger, Instagram, Linkedin,… y varios cientos de redes sociales. Con decirles que la que ocupa el puesto número 30 en el escalafón tiene 80 millones de usuarios está todo dicho.

Así que no tenemos información propiamente tal, sino que en realidad estamos anegados por ella. Y aun así no estamos bien informados en absoluto.

Por ejemplo, a pesar de los millones de noticias que hemos recibido sobre los infectados por la listeriosis, ¿sabemos de verdad cuáles son sus causas, sus síntomas y sus efectos sobre la salud? Eso, en el supuesto de que el informador no meta simplemente la pata, confundiendo lugares, hechos o personas, o simplemente ignorándolas.

Estos dos últimos días, al azar, he oído en televisión hablar de “cadáveres sin vida” —¿es que hay otro tipo de ellos?—, citar las provincias de “Castellón, Benicasim y Peñíscola”, en un totum revolutum geográfico, hablar de un presunto testigo presencial que explica tal cual que “me dijeron dos vecinas”… ¿Desde cuándo un testimonio de oídas es un testimonio presencial?

Así podríamos seguir indefinidamente. Y es que si todo el mundo llega a meter baza, la información se convierte en confusión, interpretación, manipulación, interés,… Y acabo con una anécdota personal: en un almuerzo, un amigo me rebatió una información que yo conocía de primera mano. “Eso no es así”, arguyó, y para eso echó mano de la inefable Wikipedia. “Pues sí” —acabó diciendo con cara de sorprendido—, en Wikipedia pone lo mismo que tú dices”.

Menos mal que en esta ocasión coincidimos la enciclopedia virtual y yo, porque se trataba de una biografía y mi amigo ignora que la mayor parte de las de Wikipedia son escritas por los propios interesados, sin un atisbo de crítica y con escamoteo de hechos inconvenientes para el personaje. Pero es que la mala información de hoy día es así.

Los únicos que creen en España

Para ser exactos, en realidad España no existe. Hay una agregación de territorios —hoy, Comunidades Autónomas— que comparten mal que bien unas cuantas instituciones comunes, desde la representación exterior hasta algunas leyes, cada vez menos.

Y no comparten el idioma porque en algunos territorios los energúmenos se comportan como tales si alguien no les contesta en la lengua vernácula, como la política izquierdista valenciana que increpó a la camarera argentina de un bar porque la contestó en castellano.

 El desconocimiento de los españoles de sí mismos se ve acrecentado por libros de texto que ignoran la realidad histórica y geográfica de otros territorios vecinos, llegando a falsear la realidad cuando no se acomoda a sus premisas políticas particulares y partidistas.

Existe una auténtica competición en esta búsqueda de la singularidad diferencial que ha llevado a unas forzadas inmersiones lingüísticas a zonas en que antes jamás se hablaron los idiomas minoritarios en España, como sucede en lugares de Navarra con el euskera (neologismo euskaldún), en la Vega Baja alicantina con el llamado idioma autóctono y otros. Para eso se crearon en su día las respectivas televisiones autonómicas, aunque el fenómeno se extendió luego a donde sólo se hablaba castellano. Y no les cuento el dinero público destinado a este renacimiento lingüístico, como ahora sucede con las subvenciones al bable asturiano.

Los únicos que creen en España, qué quieren que les diga, son aquellos separatistas racistas catalanes que le muestran su odio —“España nos roba”, “puta España”,…— hasta el punto de acuchillar a quien lleve algún símbolo de ese Estado, patria común de todos los ciudadanos.

Gracias a ellos, miren por dónde, aún se habla de España.

Hartos de las noticias en la tele

Una de las frases preferidas por muchos televidentes es “para qué ver dramas en la tele, cuando ya tengo demasiados en la realidad”. Ésa sería una de las razones de la caída de audiencia de los programas informativos en todas las cadenas salvo Antena 3. Cuatro simplemente ha prescindido de ellos. Pero ese motivo no es el principal de la animadversión hacia las noticias, sino su sectarismo.

Resulta que los programas que en teoría relatan acontecimientos no se dedican a informar de ellos, sino a adoctrinar sobre ellos. Y eso sí que no hay quien lo aguante.

Los medios de comunicación españoles en general y la televisión en particular se han sumado a la moda de pensamiento único, que quiere decir de lo políticamente correcto, en la que pasan más tiempo opinando que narrando, haciendo más apología que análisis, imponiendo criterio en vez de ofrecer herramientas de interpretación.

Al final, esos medios se convierten en instrumentos para adeptos, para convencidos o en fase de convencimiento. En el fondo, son como el espejo de la madrasta de Blancanieves, al que ésta podía preguntar, conociendo de antemano la respuesta, “Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa de todas?”: pues lo son los que opinan como la televisión de turno.

Y no hablo a humo de pajas. En el último año, La Sexta ha perdido el 6,1% de sus espectadores, Telecinco un 3,1% y Cuatro el 23,6%. Y no olvidemos la otrora ponderada e independiente TVE, que en manos de Rosa María Mateo ha bajado un 18,4%.

Mientras el espectro ideológico dominante de izquierdas empieza a fatigar al espectador, la derecha residual hace tiempo que tiró la toalla, cuando las entonces todavía accesibles Intereconomía y Trece se dedicaron a destruirse una a la otra en vez de plantar batalla de ideas -y, sobre todo, de narración objetiva de hechos- a sus rivales ideológicos.

No me extraña, pues, que con tanto barullo doctrinal la gente prefiera ver los concursos o los programas deportivos ya que, al menos, permiten tener pluralidad de criterio al telespectador.