Madrid, España. Edita: The Experience Club. Producción: Carlos Matías
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Enrique Arias Vega

El Valor de la Experiencia

¿Es fascista el humor?

El gran poeta comunista Gabriel Celaya llegó a decir que “el humor es fascista”. El hombre, amargado, y con mucho dolor acumulado en sus espaldas, no gozó de la liberación catártica del humor. Peor para él.

Claro que para que el ingenio y la ironía resulten eficaces es preciso que, como “la caridad bien entendida”, que decía San Pablo, “comiencen por uno mismo”. Es decir, que la clave del humor consiste en reírse de quien lo practica. Cuando sólo se aplica sobre los demás, es sarcasmo, burla, ridiculización y mala leche.

Esto viene a cuento del presunto programa humorístico “Polònia”, de TV3, que se dedica indefectiblemente a ridiculizar a España, a los españoles y a sus fuerzas de seguridad, mientras que los separatistas catalanes siempre son los buenos de la película.

Justo lo contrario que el divertido programa “¡Vaya semanita!”, de ETB, en el que el humor y hasta el ridículo recaía sobre vascos de todas las especies y también sobre los demás, abarcando los temas considerados más delicados.

Esa tradición del humor, que alcanza cotas de finura en los gallegos, por ejemplo, y pasa por Las Fallas de Valencia o Las Chirigotas de Cádiz, es nuestra única esperanza de salvación colectiva frente a tanta hosca trascendencia como hay hoy día, dispuesta a partir la cara a un prójimo que no piense como él.

Claro que no todo el mundo puede tener el mismo sentido del humor. Los bilbaínos, quizá por la tradición grotesca del personaje cómico Arlote y sus “arlotadas”, siempre hemos estado dispuestos a sentirnos ridículos, sin tener ningún complejo por ello. Recuerdo, a este respecto, que intentando camelar hace años a la familia de mi novia catalana les conté un chiste de vascos que les causó gran regocijo. Envalentonado por mi éxito, les dije: “Ahí va otro de catalanes”. Las caras biliosas con que lo acogieron, me revelaron que mejor era guardar el sentido del humor para cuando volviese a casa.

O sea, que no todo el mundo tiene el mismo sentido del humor, por supuesto. Pero, como demostró Lubistch en “To be or not to be”, hasta lo más horrible es susceptible de ser tratado con humor, ya que ésta es la manifestación más sublime e inteligente del ser humano. El día en que este país perdiese totalmente el sentido del humor, como hacen hoy día ciertos supremacistas excluyentes, es que España no tendría ya remedio.

Diferencias entre Euskadi y Cataluña

El independentismo catalán aprendió de la violencia etarra en Euskadi (sobre todo de la kale borroka) para su insurrección separatista. Ahora son los abertzales vascos quienes imitan la organización secesionista catalana para acabar con el Estado español.

Hasta ahí las semejanzas, porque los nacionalismos en las dos regiones españolas no tienen nada que ver.

El incipiente (o renovado) soberanismo de una parte de la sociedad catalana ha sido y es dirigido por una burguesía que ve en la independencia una mayor posibilidad de enriquecerse, ya que el Principado tiene una economía equilibrada, una actividad muy variada, un mercado propio de dimensiones adecuadas, una ubicación estratégica en Europa, grandes infraestructuras creadas por los sucesivos Gobiernos de España,… En fin, que podría ser tan independiente y hasta con mejores hechuras que Dinamarca, pongamos por caso.

El inconveniente para ese delirio utópico es doble. De una parte, que para alcanzarlo es preciso un movimiento de ruptura violenta que puede arramblar con derechos individuales, vidas propias y ajenas, la riqueza y el bienestar colectivo actuales y hasta la estabilidad política de todo el continente. De otra, que los más preparados y deseosos de llevarlo a cabo son grupos radicales y anarquistas que acabarían con todo, empezando por la utopía tontorrona y bienintencionada de los independentistas más idealistas, quienes serían los primeros en sufrir sus consecuencias.

La burguesía nacionalista del País Vasco, en cambio, sabe que la independencia de su paisito sería económicamente catastrófica, ya que su bienestar se deriva de un mercado español que tiene cautivo, al formar parte de él, y que carece de todos los mimbres para constituirse en Estado independiente.

De ahí que el PNV se permita dar carrete en sus proclamas y ensoñaciones al independentismo radical mientras engorda, en todos los sentidos, con un Estatuto de Autonomía que le concede todos los derechos y ninguna obligación, que le otorga una independencia de hecho en lo cotidiano mientras que le protege con el Estado de cualquier posible asechanza económica y política de quienes puedan poner en peligro su bienestar superior al de cualquier otra parte de España y, por supuesto, al que conseguiría con una eventual e indeseada independencia.

Así son las cosas. Y entenderlas, claro, no sirve para solucionarlas, pero sí que supone un principio de aproximación realista a un grave conflicto que todos tenemos encima mismo de nosotros.

Rebelión de las clases medias

Hace tiempo que la rebelión social no es urgida por las masas depauperadas, si es que alguna vez lo fue. Es verdad, no obstante, que estaban los sans-culottes en la toma de La Bastilla o que a Evita le gustaba hablar de sus pobres descamisados. En tal caso, ésas son historias del pasado.

La primera revuelta que presencié personalmente, la de Mayo del 68 en París, la protagonizaban unos estudiantes que tenían un nivel de vida muchísimo más alto que nosotros, pobrecitos españoles. Aquellos eslóganes de ¡pidamos lo imposible! o ¡queremos todo y lo queremos ahora! reflejan el máximo nivel de exigencia de unos jóvenes a los que no les faltaba casi nada.

Desde entonces, hasta las últimas manifestaciones de Ecuador, casi todas las asonadas han sido así, porque uno no sabe aquello de lo que carece hasta que empieza a tenerlo. Y si me he referido a las revueltas de Quito es porque cuando conocí la ciudad hace cincuenta años, continuaba siendo un tranquilo enclave colonial del siglo XVI, sin conciencia de su absoluta pobreza. Ahora, en cambio, quiere parecerse a un resort vacacional norteamericano, con una creciente clase media que aspira a vivir, y con razón, muchísimo mejor.

Eso es válido, en una u otra medida —ya sé que intervienen muchísimos más factores— para la llamada primavera árabe, para las convulsiones de América Latina o para los movimientos secesionistas europeos: no se rebelan los pobres sobreexplotados, no, sino aquéllos que tienen conciencia, medios y posibilidades para no serlo o para participar ellos también en el reparto de la riqueza que se genera.

De alguna manera es lo mismo que aconteció en muchos movimientos de emancipación colonial de varios continentes: que quienes habían encabezado las revueltas fueron luego tan sátrapas y tan explotadores al menos como las viejas potencias coloniales. Y algunos países, por desgracia, aún siguen padeciendo ese lamentable estado de cosas.


Las razones de los ‘indepes’

Entiendo perfectamente las razones de los independentistas catalanes. Incluso que lleguen a ser una gran mayoría social. La gente se mimetiza con su medio. Sucedió aquí con Francisco Franco (no todos los asistentes a sus multitudinarias muestras de apoyo fueron forzados), con Adolf Hitler (hasta Austria se incorporó voluntariamente al III Reich) y con José Stalin, cuya muerte lloraron desconsoladamente las masas de medio mundo.

Pero no es sólo eso. Los manifestantes (pacíficos o no) tienen razón al considerar a España un entre jurídico tan distante como Uzbekistán o Papúa Nueva Guinea, sin otra vinculación con ellos, en su caso, que cobrar impuestos para mantener un Ejército de ocupación, Embajadas donde se sirve vino de Jerez y funcionarios que no hacen más que tocarles los cojones.

Digo que tienen razón porque eso es lo que han aprendido en una escuela donde no existe libertad de expresión y sí una visión sesgada y excluyente de la historia del país (Cataluña) y hasta de sus logros y frustraciones. Es más: para ratificar en la edad adulta esos conocimientos adquiridos ya están las múltiples televisiones públicas haciendo esa patriótica labor.

Es lógica, pues, la insurrección nacional ante un Estado extranjero, ladrón, opresor, antidemocrático, fascista, bla-bla-bla y que ni siquiera habla catalán (el promotor de la pitada al himno nacional en el partido Barça-Athletic, llamado Santiago Espot, tras intimidar humillantemente al director de un centro de salud en el que se atendió a alguien en castellano, afirmó que “dentro de unos años no se entenderá el español en Cataluña”. ¡Menudo avance!).

Tampoco hay que escandalizarse ante la violencia juvenil, pues ya se sabe que un exceso de testosterona propicia estos lógicos desmanes. Además, para que una revolución triunfe, aunque sea ésta democrática, siempre hace falta una minoría radical y hasta terrorista, para ponerle las cosas a huevo a los considerados moderados o pacíficos.

Y una consideración más, por no extenderme. Dicen los españoles (todos) que los CDR y compañía tumultuaria están perjudicando gravemente la economía catalana. ¿Y qué? ¿Qué importa ir hace atrás, diez, veinte y hasta cien años cuando se trata de instaurar un proyecto milenario que tendrá tiempo de sobra para recuperarse y convertirse en la Arcadia feliz?

Porque esa es otra: los insurrectos no usan el pensamiento lógico, como hacemos ustedes y yo, sino el mítico, el de las grandes expectativas, como un tal Juli Gutiérrez, quien afirma con una clarividencia envidiable, que “Cataluña dominará lo próximos 1.700 años el mundo occidental”.

¡Acabáramos! ¿Ven cómo los “indepes” tienen razón?

No me interesan las noticias

No sé si lo mío es muy grave, pero han dejado de interesarme las noticias.

No me refiero sólo a las truculentas: al asesinato de cada día, a la última víctima de la violencia machista, a la penúltima ocurrencia estrafalaria de Donald Trump, a la insurrección (violenta o, al menos, intimidatoria, qué quieren que les diga) de Cataluña, al Brexit de nunca acabar, al bloqueo político de España, al futuro imposible de las pensiones, a la desaceleración económica…

Paro ya. La verdad es que han dejado de interesarme las noticias, todas ellas. No me compensa anímicamente el grado de desazón que me producen. Y lo peor de todo es que ya no sé lo que es verdad y lo que no. Me explicaré.

Ignoro hasta qué punto son interesadas, manipuladas o ciertas las noticias que recibo: no hay más que ver las versiones contradictorias y hasta opuestas de los distintos medios de comunicación. Y no hablemos ya de las redes sociales: sin identificación de su autoría, sin posibilidad de verificarlas, sólo sirven para atizar los instintos más bajos del personal en vez de informarlo.

Para acabar de rematar este sindiós, que diría el otro, están los errores garrafales de los llamados profesionales del oficio: dicen una cosa cuando las imágenes que ofrecen muestran justamente lo contario, confunden nombres fechas y hechos, no saben explicar las causas ni las consecuencias de lo que comentan, dejan sin seguimiento hechos notables…

Ya me dirán si es para estar preocupado o no. ¿Y en estas condiciones queremos tomar decisiones correctas, en política o en cualquier otra área de la vida? Me temo que no.

Por eso, no me interesan las noticias tal como me las dan, aunque claro que quiero y necesito informarme. Lo que pasa es que hoy día noticias e información vienen a ser conceptos antagónicos.

Izquierdistas de nuevo cuño

La gente e izquierdas de mi tiempo -en la que me integré para luchar contra el franquismo- eran personas austerasorgullosas de los valores proletarios de la época: moral rigurosa, espíritu de sacrificio, capacidad de aguante, más preocupada por el futuro colectivo que por sus intereses personales inmediatos…

Los nuevos izquierdistas, qué quieren que les diga, son de otra pasta. Para empezar me he encontrado con mucho personal advenedizo, mucha gente mayor que lloró de pena cuando murió el dictador y que ahora -cuando tanto se habla de “Memoria Histórica”- reniega de su pasado o simplemente se le ha olvidado, como aquel Enric Marco, que llegó a presidir la Amical Mauthausen de prisioneros españoles en campos de concentración nazis y resulta que sólo era un impostor que vivió tan ricamente bajo el franquismo.

Sin llegar a tanto, muchos nuevos izquierdistas se han encontrado siéndolo por culpa de la moda, del adoctrinamiento, de que es lo chic…

Este personal advenedizo no comparte, por supuesto, los valores austeros y me atrevería a decir que hasta conservadores, sobre todo desde el punto de vista moral, de sus predecesores. Entonces, por ejemplo, las libertades sexuales de ahora eran consideradas oficial y oficiosamente por sus líderes como “aberraciones burguesas”.

Pero es que hay más. Recientemente me he encontrado con gentes que dicen ser de izquierdas -y braman contra quienes no lo son- que defraudan el IVA en sus chapuzas como autónomos, que perciben dinero en “negro” para seguir beneficiándose del paro, que falsifican sus horas de trabajo, que cobran subvenciones por actividades que no realizan, etcétera, etcétera.

Se trata, pues, del personal más insolidario, y hasta reaccionario, de todo el sistema solar. Y, sobre todo, se trata de gente que da lecciones de comportamiento a los demás y les acusa de ser ellos los autores de todas las perversiones que impiden el progreso social.

Ya me dirán.

Gastar, gastar, gastar…

No sabemos la que se nos viene encima. O, lo que es peor, lo sabemos, pero no hacemos nada para remediarlo.

Me refiero, sobre todo, a nuestras autoridades políticas y económicas, que, en vez de prepararse para la crisis inmediata, se dedican a gastar como locos, sin tener para poder hacerlo otro dinero que el nuestro, es decir, el de los impuestos. Los ciudadanos del común apenas si nos dedicamos a nuestra propia vida, sin perjudicar con ella los ingresos de los demás.

No me quedo en mi crítica sólo con Donald Trump, Xi Ping, Boris Johnson y otros imbéciles foráneos, empeñados en poner palos a la ruedas de la economía, cerrar fronteras, reducir el comercio y volver a las prácticas comerciales del siglo XVII. Aquí tenemos suficientes insensatos nacionales, sin necesidad de importarlos: lo digo por Puigdemont, Torra y otros vocingleros, gustosos de trocear el mercado y hacer juicios de sangre como en el siglo XV. Pero también a Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y demás izquierda sobrevenida que cree que lo suyo es prometer de todo con el dinero que los demás dejarán de tener a causa precisamente de su empobrecimiento.

Lo explico. Ahora lo progre no es crear empleo, ni que crezcan las oportunidades de tenerlo, ni que haya lo que ante se llamaba justicia social. Ahora se trata, simplemente, de gastar cuanto más mejor, aunque eso no sirva para nada o, lo que es peor, sirva para destruir empleo.

Me remito a ese derroche de promesas sociales en plena precampaña electoral: subir pensiones sin tino, aumentar el salario mínimo sin evaluar su impacto, reducir el número de peonadas para beneficiarse de los PER, seguir subvencionando ONGs a cual más prescindible a no ser para los amiguetes del Gobierno…

Gastar, gastar, gastar,… hasta que nos arruinemos del todo, hasta que no haya impuestos para pagar lo gastado porque no queden puestos de trabajo para soportarlo. ¿Eso queremos? Pues vamos como kamikazes a conseguirlo en muy breve plazo.

Más información y peor informados

No hace falta ser un lince para saber que hoy día tenemos más información que nunca, hasta sobre cualquier nimiedad. No digamos ya sobre acontecimientos realmente importantes o meramente morbosos, como el juicio de Ana Julia Quezada, que está cubierto por 150 periodistas de 35 medios convencionales.

Además de los reporteros tradicionales, cualquiera puede convertirse actualmente en informador, por medio de Facebook, YouTube, WhatsApp, Messenger, Instagram, Linkedin,… y varios cientos de redes sociales. Con decirles que la que ocupa el puesto número 30 en el escalafón tiene 80 millones de usuarios está todo dicho.

Así que no tenemos información propiamente tal, sino que en realidad estamos anegados por ella. Y aun así no estamos bien informados en absoluto.

Por ejemplo, a pesar de los millones de noticias que hemos recibido sobre los infectados por la listeriosis, ¿sabemos de verdad cuáles son sus causas, sus síntomas y sus efectos sobre la salud? Eso, en el supuesto de que el informador no meta simplemente la pata, confundiendo lugares, hechos o personas, o simplemente ignorándolas.

Estos dos últimos días, al azar, he oído en televisión hablar de “cadáveres sin vida” —¿es que hay otro tipo de ellos?—, citar las provincias de “Castellón, Benicasim y Peñíscola”, en un totum revolutum geográfico, hablar de un presunto testigo presencial que explica tal cual que “me dijeron dos vecinas”… ¿Desde cuándo un testimonio de oídas es un testimonio presencial?

Así podríamos seguir indefinidamente. Y es que si todo el mundo llega a meter baza, la información se convierte en confusión, interpretación, manipulación, interés,… Y acabo con una anécdota personal: en un almuerzo, un amigo me rebatió una información que yo conocía de primera mano. “Eso no es así”, arguyó, y para eso echó mano de la inefable Wikipedia. “Pues sí” —acabó diciendo con cara de sorprendido—, en Wikipedia pone lo mismo que tú dices”.

Menos mal que en esta ocasión coincidimos la enciclopedia virtual y yo, porque se trataba de una biografía y mi amigo ignora que la mayor parte de las de Wikipedia son escritas por los propios interesados, sin un atisbo de crítica y con escamoteo de hechos inconvenientes para el personaje. Pero es que la mala información de hoy día es así.

Los únicos que creen en España

Para ser exactos, en realidad España no existe. Hay una agregación de territorios —hoy, Comunidades Autónomas— que comparten mal que bien unas cuantas instituciones comunes, desde la representación exterior hasta algunas leyes, cada vez menos.

Y no comparten el idioma porque en algunos territorios los energúmenos se comportan como tales si alguien no les contesta en la lengua vernácula, como la política izquierdista valenciana que increpó a la camarera argentina de un bar porque la contestó en castellano.

 El desconocimiento de los españoles de sí mismos se ve acrecentado por libros de texto que ignoran la realidad histórica y geográfica de otros territorios vecinos, llegando a falsear la realidad cuando no se acomoda a sus premisas políticas particulares y partidistas.

Existe una auténtica competición en esta búsqueda de la singularidad diferencial que ha llevado a unas forzadas inmersiones lingüísticas a zonas en que antes jamás se hablaron los idiomas minoritarios en España, como sucede en lugares de Navarra con el euskera (neologismo euskaldún), en la Vega Baja alicantina con el llamado idioma autóctono y otros. Para eso se crearon en su día las respectivas televisiones autonómicas, aunque el fenómeno se extendió luego a donde sólo se hablaba castellano. Y no les cuento el dinero público destinado a este renacimiento lingüístico, como ahora sucede con las subvenciones al bable asturiano.

Los únicos que creen en España, qué quieren que les diga, son aquellos separatistas racistas catalanes que le muestran su odio —“España nos roba”, “puta España”,…— hasta el punto de acuchillar a quien lleve algún símbolo de ese Estado, patria común de todos los ciudadanos.

Gracias a ellos, miren por dónde, aún se habla de España.

Hartos de las noticias en la tele

Una de las frases preferidas por muchos televidentes es “para qué ver dramas en la tele, cuando ya tengo demasiados en la realidad”. Ésa sería una de las razones de la caída de audiencia de los programas informativos en todas las cadenas salvo Antena 3. Cuatro simplemente ha prescindido de ellos. Pero ese motivo no es el principal de la animadversión hacia las noticias, sino su sectarismo.

Resulta que los programas que en teoría relatan acontecimientos no se dedican a informar de ellos, sino a adoctrinar sobre ellos. Y eso sí que no hay quien lo aguante.

Los medios de comunicación españoles en general y la televisión en particular se han sumado a la moda de pensamiento único, que quiere decir de lo políticamente correcto, en la que pasan más tiempo opinando que narrando, haciendo más apología que análisis, imponiendo criterio en vez de ofrecer herramientas de interpretación.

Al final, esos medios se convierten en instrumentos para adeptos, para convencidos o en fase de convencimiento. En el fondo, son como el espejo de la madrasta de Blancanieves, al que ésta podía preguntar, conociendo de antemano la respuesta, “Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa de todas?”: pues lo son los que opinan como la televisión de turno.

Y no hablo a humo de pajas. En el último año, La Sexta ha perdido el 6,1% de sus espectadores, Telecinco un 3,1% y Cuatro el 23,6%. Y no olvidemos la otrora ponderada e independiente TVE, que en manos de Rosa María Mateo ha bajado un 18,4%.

Mientras el espectro ideológico dominante de izquierdas empieza a fatigar al espectador, la derecha residual hace tiempo que tiró la toalla, cuando las entonces todavía accesibles Intereconomía y Trece se dedicaron a destruirse una a la otra en vez de plantar batalla de ideas -y, sobre todo, de narración objetiva de hechos- a sus rivales ideológicos.

No me extraña, pues, que con tanto barullo doctrinal la gente prefiera ver los concursos o los programas deportivos ya que, al menos, permiten tener pluralidad de criterio al telespectador.