Elegancia electoral

POR JUAN BERGA.-

Las campañas electorales producen notables circunstancias, se lo dice el cronista que algunas ha dirigido. Candidatos y candidatas besan criaturas, se hacen fotos con sus señoras y señores, van a los mercados y cosas de esas electorales

Recuerdo, con cierto cariño, a aquel entrañable candidato que, para pasmo del cronista y alegría del ABC y su portada, se disfrazó de Califa en unas afamadas fiestas locales.

Es cierto: los niños se pasman; hay parejas que no se fotografiaban desde su boda y hay quienes no han pisado un mercado en su vida. Pero, ciertamente, son cosas divertidas que no tienen coste para el erario público.

Me recuerda mi amigo Antonio Daganzo que Oscar Wilde, señoras y señores candidatos, afirmaba que un caballero o una dama nunca deben herir la sensibilidad de nadie. Menos aún la del ya bastante cabreado electorado.

Esta semana sabíamos, por Esteban Urreiztieta, que la sociedad Neurona ha desviado dineros públicos de la campaña electoral de Podemos no sé donde.

Pero es viernes, y los viernes no toca análisis sesudos, sino observar el otro lado de la noticia, por mandato del afamado conductor de la Clicktertulia y los CEO de la radio que, gozosos, han anunciado que nos suben el sueldo (si cuela, cuela).

Podría parecerles algo cínico que, mientras el líder áureo de Podemos reclamaba el cierre de Uber y Cabify, una parte del gasto desviado fuera en estos vehículos. Pero, amigas y amigos, esto no es lo grave: créanme.

Uno espera que un elegante Cabify sirva para llevar a los jefes de Podemos a esos sitios elegantes donde come el Señor Monedero. Pues no.

Citaré a Chesterton que seguro agrada a Don Juan Ignacio Ocaña, nuestro conductor, no solo por sus convicciones religiosas, sino porque, en una de sus más afamadas obras – El hombre que fue jueves-, encontró una manera original de acabar con anarquistas y radicales de todo tipo: el Consejo que los dirigía estaba completamente integrado por policías infiltrados.

Luego no me digan que no doy ideas y, además, a bajo precio. Pues bien, decía Chesterton: «no me importa donde vaya el agua, siempre que no vaya al vino»

¿A dónde iba el Cabify, se preguntarán ustedes?

El cronista se lo cuenta: al Burger King. Sí, sí, como lo oyen: no era fino sushi, no era aceite de trufa, no era en muy populares tabernas vallecanas, no. Han oído bien: iban al multinacional Burger King, Neurona, quizá, pero solo una.

Señoras y señores de Podemos, de verdad, ¿al Burger? Eso es como ir a Usera en lugar de irse a las islas griegas; como ver una peli de serie B, Qué diré yo, es como ponerle trufa a la mayonesa de bote, comprarse un matamoscas en lugar de un antivirus o escuchar a Locomía en lugar de a Saidin o Medina Azahara.

Al Burger se va, como todo el mundo sabe, en metro, en bus o andando, con el ceño fruncido, mientras las criaturas sueñan con insanas pitanzas. Cómo vamos a dar nuestros votos a quienes se gastan nuestros impuestos en ir al Burger, por Dios, qué castigo.

Ustedes pensarán, y no les faltará razón, que lo del blanqueo de capitales es cosa fea, que la falta de transparencia del gasto electoral es una incorrección intolerable, que el cinismo de la nueva política es como el de los viejos trileros.

Pero, crean al cronista, se empieza yendo a comer al Burger y se acaba faltando a la buena educación.

No hace falta pasarse a las recetas con trufa de afamados Chef: hay alternativas sanísimas: busquen al tabernero y al restaurante del barrio, vayan enmascarados,` pero coman sano y, sobre todo, paguen con su dinero, sus neuronas se lo agradecerán.

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