El portazo

POR JUAN BERGA.-

Tras esta crónica radiofónica, Sánchez ha roto su silencio. Ha hecho una advertencia: quedamos advertidos de que nos advertirá, si la advertida advertencia no surte el efecto advertido. O sea, dense por fastidiados. Esto viene después de un jugoso día parlamentario.

Pero es viernes, y los viernes no toca análisis sesudos, sino observar el otro lado de la noticia, por mandato del afamado conductor de la Cicktertulia, Don Juan Ignacio Ocaña, y los CEO de la radio que, gozosos, doblan el sueldo (si cuela, cuela).

¿A quién no le han dado un portazo en la vida? Es cosa natural.

Hay portazos laborales, de esos que te dejan cara de vinagre, pero hay, también, portazos divertidos como los de Monty Python o los Hermanos Marx.

Hay portazos «Sabina», que te hacen pensar en faldas muy cortas, y los hay que, literalmente, matan, como el que inventó Tarantino en Kill Bill.

Hay portazos que son tan sutilmente prometedores como un guantazo de Rita Hayworth. Pero, ahora, tenemos, el definitivo: ha llegado el portazo Casado. «Hasta aquí hemos llegado». Pero, además, portazo público de los que duelen.

Quién no ha roto alguna vez una carta amorosa, recibida aquellos días que todo era de color de rosa. Quién no ha rasgado una foto de aquel momento que parecía nos haría felices para siempre. Pero qué doloroso es que esa ruptura sea súbita.

Abascal lo ha descubierto con dureza. El portazo rompe ese sutil hilo que es el amor. El amor aparece con la misma velocidad que el desamor. Cuando esto pasa, siempre hay un amigo que te dice lo que diría Arrimadas: pues hacíais una buena pareja.

Pero siempre hay otro que te dice, tomando una cañita, al modo Feijoo, casi de soslayo: Santi, yo ya lo sabía.

Qué duro, un amor que, al parecer, viene desde el colegio, roto, Santiago, por un tonteo: mira que sonreír a Trump, a espaldas de Pablo; mira que desdeñar a Europa, la nueva mejor amiga de Casado, mira que ponerte machote, cuando se lleva ser sensible. Pablo ha descubierto que no era tan nuevo lo que le proponías.

Tú, Santiago, en plan prietas las filas, recias, marciales, con un discurso que es una mezcla de Forocoches y los blogs de realidad alternativa de Trump, haciendo colección de todas las teorías conspirativas y va Pablo y decide disfrazarse de Cánovas, con lo poco sexy que a tí te parece el tal Cánovas.

«Hasta aquí hemos llegado»: portazo en las narices. Cómo no quedarse perplejo, cómo no enmudecer, para llorar, si uno no fuera un tipo duro. Mientras, la princesa se queda en el centro de la sala, cortejada por todos. Qué duro, qué duro.

Así no se puede, no mandamos nuestras naves a pelear contra lo elementos, ya lo dijo Felipe, el II, de origen austriaco, eso sí. Tampoco Pelayo, heredero de godos, bárbaros alemanes, eso sí, se fue a la cueva solo. Abascal arrancará de las paredes los poster de ambos: ha descubierto que sus héroes le mienten.

El líder del extremopopulismo patriótico no esperaba ya pasión, para qué engañarse, pero una sonrisa, Pablo, que diré yo, una palabra de aliento en el combate contra los malvados.

Pero no; portazo sin compasión: monosabio le ha llamado; a él que aspiraba a torear al alimón grandes faenas contra la multiculturalidad y el dominio islámico.

Y resulta que Pedro y Pablo, los malvados, quieren hablar con Casado. Y él, que no puede romper gobiernos porque no tiene consejeros, seguirá atado y malhumorado, un portazo sin divorcio, que malas son las hipotecas.

Pablo no me des portazos, eso no te sirve, implora Santiago. Pero Casado no renuncia: cierra la puerta mansito, ciérrala con mano humilde.

O sea, Abascal quizá ya no cerrará España a la malvada invasión islámica. Pero, Santi, «casi todo tiene solución,…, sin él también puedes volar,…,da un salto». Más que cambiar la patria, mira a Smith, con ocho apellidos hispanos por lo menos, él sí te ama.

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