El fin de una era o ¿el ocaso de Occidente?

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El fin de una era o ¿el ocaso de Occidente?

“Porque hoy Señorías se está inaugurando la demolición del Estado que conocemos». Con estas palabras, junto a otras fundadas razones, justificaba la diputada de Coalición Canaria, Ana Oramas, su voto negativo a la investidura de Pedro Sánchez, en contra de las órdenes de su partido.

Una premonición que comparten hoy la mayoría de los políticos de cualquier ideología, analistas y dirigentes sociales españoles, donde impera el convencimiento de que entramos en un proceso de sustitución del sistema de la Transición.

«Las bases del consenso constitucional del 78 será voladas sin control hacia un nuevo proyecto constitucional que renovará el papel del diálogo político, de la Administración de Justicia, de la economía, de la igualdad entre territorios, de la educación y de las prestaciones sociales» afirmaba este fin de semana un veterano dirigente del Partido Popular, quien añadía que «el desafío al Estado desde ERC y el PNV imperará en esta legislatura sin disimulo».

Reflexión esta que hacía suya otro exdirigente socialista, todavía referente en el partido, quien aseguraba que «estamos ante un cambio de ciclo histórico, no sólo en España sino en Europa y en el conjunto del mundo occidental donde han entrado en crisis todas las instituciones que se crearon después de la Segunda Guerra Mundial para evitar otro enfrentamiento».

En el caso de España es evidente que vamos hacia un cambio de ciclo. Aunque los nombramientos de Arancha González Naya y José Luis Escrivá en Exteriores y Seguridad Social tranquilizan, de momento, a los poderes económicos y la derogación de la reforma laboral parece que se quedará en «la supresión de tres o cuatro artículos para contentar a los sindicatos, como el referente al absentismo».

Claro, conociendo al presidente, nada es descartable y los principales organismos internacionales apuntan ya que la consolidación de un nuevo Gobierno no asegura que el país se encuentre ante un escenario de estabilidad política y aluden a la división en el Congreso para poner en duda que puedan aprobarse ciertas medidas que serían beneficiosas para la economía.

A ello se añade que en un mundo global las turbulencias internas se añaden las que vienen desde el exterior, y especialmente de una Unión Europea en crisis identitaria y de liderazgo, con un Brexit en la recta final, el crecimiento de los euroescépticos, el auge de los populismos y en pleno deterioro de todos los indicadores económicos. A ello se añade que la retirada de Merkel deja a la Unión huérfana de referente con la incógnita de esa Annegret Kramp-Karrenbauer que asumirá el relevo en Alemania y un Enmanuel Macron que se quedó en promesa y agobiado por los problemas internos y la caída en picado de la popularidad.

Crisis que afecta también a las principales instituciones económicas internacionales como el FMI, el Banco Mundial o la Organización Mundial de Comercio (OMC), cuestionados desde dentro y desde fuera, afectados por una creciente pérdida de credibilidad y gravemente tocados por el auge del modelo bilateral frente a la multilateralidad que impulsan EE UU y el Reino Unido. Un escenario convulso en el que asoma un casi único y principal beneficiario: China, que nunca se integró y que cada día se consolida más como relevo de los norteamericanos en el primer puesto del podio de la economía mundial, en detrimento de un mundo occidental que parece abocado inexorablemente a esa decadencia que le pronóstico hace ahora un siglo el visionario Oswald Spengler.

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