Desde mi caverna, día 98: cosas que guardar tras la pandemia

El Valor de la Experiencia

Desde mi caverna, día 98: cosas que guardar tras la pandemia

Sabemos cuántos nos hemos salvado (450 mil), pero no sabemos cuántos hemos muerto. Paradójico.

Sánchez ha vuelto a romper su silencio. Según he entendido, ha sido todo excelente, la reconstrucción ira fetén. Ahora que todo pasó hay que ser unitarios y, más o menos, todo así. Afirma, muy tranquilizador, que habrá rebrote.

Eso sí: si uno rompe su silencio no está para que le hagan preguntas.

Iba yo a comentarles el asunto cuando recibo un audio de mi nieto. Quién dijo que que un encierro no era creativo. El churumbel, cuatro añitos, ha aprendido dos cosas sustanciales: apañarse un teléfono y hacer audios.

Me dice: «Abu, hoy no podé hablad contigo, dise papá que tengo que recoged los juguetes del ensiedo, antes de salir. ¿Has guaddado loz tuyoz?

El nano tiene razón. No podemos irnos a la juerga que nos viene, sin dejar organizado lo que usamos. No se pueden ustedes imaginar, o quizá sí, lo que se acumula tras 97 crónicas.

Así que aquí me tienen, guardando cosas de esas que ahora se antojan inútiles, agolpadas en la mesa. mientras estábamos alarmados. Limpio el polvo que, en silencio, se posó sobre lo que voy guardando en la víspera de la «desalarma»

Guardo esa cartulina llena de números de fallecidos por el virus que nunca logré cuadrar. Dice Simón, grande, que hay «ahí» trece mil muertos que no sabe ubicar. Guardo el apunte de aquel día que dijo que quizá hubo «un gran accidente».

Me guardo el pico de esa curva que buscamos desesperadamente durante muchos días y el logaritmo sin el que la curva no se podía entender.

Guardo el arco iris en el que mi nieto y mis nietas me dijeron que todo saldría bien.

Ese libro que me recordó que los griegos inventaron la comedia bailando alrededor de una cabra que, no sé porqué, me lo recordaba cada vez que salían los ministros en grupito en ruedas de prensa.

Una obra de Skakespeare que cita a la peste, la vieja frase de Tucídides sobre la pestilencia en Atenas y la ignorancia de los médicos sobre cómo curarla.

El manual del ejército que me busqué, para entender las ruedas de prensa del soldado vestido de azul que decía que todos los días eran lunes. Aquel viejo diccionario en el que traté de encontrar, sin éxito, el significado de las nuevas expresiones de la neolengua gubernamental.

Retiro todas las banderas rotas que puse sobre mi mesa, aquellas mañanas que, siendo de izquierdas, no sabía si era de los nuestros.

Escondo el Moleskine que guarda notas de lo que les conté y algunas que no les contaré, a veces me pongo impublicable.

Cierro el detallado mapamundi donde busqué Wuhan, el bote de Tandoori Masala que encontré en un «super», un día que ustedes agotaron la harina y sobre el que les escribí una crónica.

Envuelvo los muñecos que puse en los videos que envié a mi nieto y a mis nietas. Las hojas y piedras que retiré del jardín para enviarles fotos, las tabas que blanqueé durante días para enseñarles un viejo juego, eso sí, por Skipe. Guardo los colores con los que pintaron el día que, al fin, pudieron venir.

Hay un papel secante, porque un día escribí a pluma mi crónica, para no olvidar lo que no debe ser olvidado. Un par de lápices, la vieja pluma. Una cabeza de la venus de  Milo que se convirtió en mi amuleto de pandemia. Una flor seca, que no sé de donde salió, el collar perdido de mi gato.

Guardo un par de direcciones de correo de compras electrónicas que nunca hice, la lista de spotify que fue la banda sonora de mis crónicas. Guardo copia de los teléfonos de mis compañeros y compañeras de tertulia, de las llamadas generosas que recibí. Conservo la paciencia de Libertad, siempre necesaria e inmerecida. Guardo esas estadísticas que dicen que ustedes me leyeron.

Recuerdo que hay en el congelador una pieza de corzo que nunca mariné, porque siempre iba a acabarse el encierro, según Illa.

Guardo el teléfono roto en el confinamiento, algunas monedas que nunca pudieron usarse, porque nunca hubo tabernero con el que filosofar. Guardo el termómetro. Un par de notas sueltas que tampoco leerán, unos naipes, un tablero de ajedrez.

Cuántas cosas que ahora parecen inútiles, esclavas, silenciosas. Van a una caja, por si deben volver, y en todo caso, durarán como si fueran un virus.

Ya solo queda sobre mi mesa una mascarilla y aquel poema de Pessoa del que les hablé (Un gran constipado) que acaba diciendo: «necesito verdad y aspirinas». Se quedarán fuera, porque ambos deben ser usados

Ustedes también necesitan ambas cosas. Mientras llegan, sean prudentes, esta noche serán libres y ustedes huirán, cual vascos a Cantabria. Si acaso, cuídense, porque así nos cuidarán a todos. Los que hemos perdido se merecen que sigamos protegiéndonos. 

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