Desde mi caverna, día 100 y final: caverna cerrada, hasta nueva ola

El Valor de la Experiencia

Desde mi caverna, día 100 y final: caverna cerrada, hasta nueva ola

Por Juan Berga

La vida es un instante. El que transcurre cuando te dicen que elijas entre vivir y la vida, que parece lo mismo, pero no lo es. Hace 99 crónicas, les anuncié que, como ustedes, me iba a mi caverna.

Hoy, primer día laborable «desalarmados», compruebo que ustedes están ahí, cosa que me alegra, faltaría más, me convierto en ciudadano enmascarado y recupero la calle. Las ciudades nacieron para ser ciudadanas, no museos. Alegrémonos, pues parecemos jóvenes.

Ustedes y yo volvimos a la vieja caverna platoniana, solo sombras que se colaban entre los visillos de nuestros balcones nos explicaban lo que ocurría.

Como algo hemos pasado, desde que Platón imaginara su alegoría, las sombras no tenían forma de reflejos del sol, adquirían esencia de guasap, de fake news, de noticia real, de grito de balcón, de infinita rueda de prensa.

Lo mejor de nosotros mismos, lo peor de nosotros mismos. Eso nos trajeron los nuevos reflejos.  Tal que hoy volvemos, simplemente, en una versión más radical de lo que fuimos.

Dimos nuestro cuerpo a los cirujanos para que retoñara nuestra vida, aunque fueron los administradores quienes nos la gestionaron. A veces con buena voluntad, otras con impericia, siempre sobrepasados.

Hemos vivido, perplejos y perplejas, como lo último que parecía sólido, nuestra seguridad vital, la esperanza de recorrer con los nuestros un camino, también caía en un mundo en cambio.

De eso, en realidad, han hablado estas crónicas: de la absurda perplejidad a la que nos han sometido nuestros administradores. De la crisis de nuestro egocentrismo de pueblos ricos. De vernos sometidos a las mismas amenazas que pueblos enteros llevan sufriendo décadas.

De ver cómo la política, antaño red salvadora de quien no tenía recursos de poder, no sirve frente algo tan simple como salvar la vida.

Hay siglos en las que no pasa nada y hay semanas en las que pasan siglos.

Ahora todo será antes y después de la pandemia; antes y después del gran encierro; del tiempo en el que, rodeados, eso sí, de miles de cachivaches y tecnologías poderosísimas, volvimos a nuestras cavernas porque tuvimos miedo de un nuevo mamut, del frio de la muerte.

Si alguien dudaba de que el andamiaje de la organización global posterior a la Segunda Guerra Mundial se estuviera desmoronando, los últimos meses han proporcionado pruebas definitivas.

Podemos ver que algo así como un mundo pospandémico está luchando por nacer. La cuestión es si será un mundo airado, pilotado por populistas, que sume nuevas divisiones a las viejas heridas de todo tipo o un mundo cooperativo, capaz de crear un nuevo cuadro de política, sociedad y economía.

Por ahora va ganando la ira, para qué engañarse.

Durante algún momento, en su caverna, el cronista fue optimista: creyó que la ciencia y el conocimiento nos regiría; que el servicio público recobraría sus reglas, que la política cooperativa vencería.

Hoy, ya no parece tan claro. La supervivencia política de los líderes, a lo largo de todo el mundo, ha arrinconado a la ciencia; el sector público ha mostrado unas costuras rotas por décadas de abandono y la política ha sido entendida como trinchera, más que como cooperación, en todas las partes del mundo, no solo en España.

Este es un momento en que ha resultado más fácil para los conservadores moverse hacia la izquierda en economía que para la izquierda moverse hacia la derecha en cultura.

Cómo se forje un mundo cooperativo, a partir de los viejos días del conflicto, depende del calibre de líderes que no tenemos y de la ambición intelectual del resto de nosotros y nosotras.

Y depende, naturalmente, de que volvamos a sentirnos seguros. Lo dice la historia: los mundos solo renacen cuando las pestes han sido vencidas. Y, francamente, esta todavía no ha sido ganada, se diga lo que se diga.

Aquí tienen la lista de la banda sonora de estas crónicas aquí las fotografías que las acompañaron.

He guardado las cosas que hubo en mi mesa, limpiado el polvo que se acumuló en mi caverna, reordenado todo. Antes de salir, miro de soslayo, que todo quede preparado, por si acaso, hemos de volver.

He cerrado definitivamente mi Moleskine, cerrada queda la caverna, hasta nueva ola. Uno sale atento a que ustedes se porten bien y sale, también, con ilusión, pues aún tengo la vida.

Sean felices y si se encuentran con mi nieto y mis nietas reconózcanles que tenían razón.

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